Arte / comunicación / tecnicidad
Jesús Martín Barbero

Los avatares del proceso vivido por el arte en la segunda mitad del siglo XX dieron al traste con la muy diversa gama de los optimismos. Tanto de los propiamente estéticos como de los sociológicos, tanto de los que creían en la insobornable capacidad emancipadora del arte por si mismo -por su propia energía simbólica- como de los que creían en su capacidad de fundirse con la vida, de disolverse en ella transformando la sociedad. Lo que no implica que el proceso vivido haya venido a dar razón a los apocalípticos: el pesimismo de Adorno tampoco corresponde a la experiencia que el proceso nos ha dejado.

Pensar el lugar y la función del arte en la sociedad fin de siglo implica hacernos cargo del desencanto que acarrea su desdibujamiento. Atrapado entre la experiencia alcanzada por el mercado en la valoración de la “riqueza” de las obras, la presión de las industrias culturales por hacerlo accesible/consumible por todos, y la reconfiguración tecnológica de sus condiciones de producción y difusión, el arte ha ido perdiendo buena parte de los contornos que lo delimitaban. En esa pérdida hay sin embargo no poco de ganancia, en la medida en que esa delimitación y distinción -como había mostrado Benjamín- fue históricamente cómplice de exclusiones sociales, cierta disolución de su aura ha resultado indicio de transformaciones culturales profundas en la democratización de la sociedad. Pero en esa pérdida también se ha producido un innegable empobrecimiento de la experiencia humana.