La cultura
se politiza en la medida que la producción de sentido, las imágenes,
los símbolos, íconos, conocimientos, unidades informativas,
modas y sensibilidades, tienden a imponerse según cuáles sean
los actores hegemónicos en los medios que difunden todos estos elementos.
La asimetría entre emisores y receptores en el intercambio simbólico
se convierte en un problema político, de lucha por ocupar espacios
de emisión/recepción, por constituirse en interlocutor visible
y en voz audible. Mientras avanza, a escala global, un statu quo que racionaliza
económicamente por el lado del capitalismo, y políticamente
por el lado de las democracias formales, adquiere mayor conflictividad el
ámbito de la cultura y la identidad. ¿Quién hace circular
los signos y las sensibilidades, quién impone su interpretación
a los hechos, quién recicla la basura mediática para convertirla
en seña de identidad colectiva?
Martín
Hopenhayn
El reto de las identidades y la multiculturalidad
…
el aumento del control sonoro que ofrece el almacenamiento digital será
más importante para nuestra comprensión del universo del sonido
y del contexto de la experiencia musical, que para nuestras experiencias musicales
como tales. La mejor manera de expresar esto es diciendo que actualmente no
existen situaciones sin música. La música está en todas
partes, dentro y fuera del hogar. Se ha convertido en ruido, ya no es una
comunicación, sino un vehículo para la comunicación,
en las bandas sonoras, en los anuncios, como fondo permanente de cualquier
actividad social o íntima. De esto se deducen varias cosas. Primero,
ya no tiene sentido hablar de la unidad de una obra musical. La música
se ha convertido en algo esencialmente fragmentario. Segundo, la distinción
entre música y ruido define la diferente atención que se le
presta a un sonido, en vez de la calidad de sonido en sí misma. El
mismo concierto de Mozart ocupa el tiempo de espera en un contestador automático,
cuando se hojean libros en una librería de viejo y cuando significa
algo trascendente en una sala de conciertos. Y si la música puede convertirse
en ruido, éste puede convertirse en música. R. Murray Schafer,
un académico que se dedica al mundo de la música, dice que hoy
es considerado por los fabricantes de frigoríficos y coches como un
«consultante en sonido». La manera como suenan las máquinas
forma hoy parte del diseño, tanto como la apariencia.
Pero la
apreciación que quiero plantear es que el almacenamiento digital -la
ambigüedad de la distinción entre música y ruido, texto
y contexto? está cambiando nuestro sentido de la música como
algo que al mismo tiempo atraviesa tal distinción y la define. La música
cada vez tiene menos que ver con las fronteras nacionales, y cada vez más
con comunidades que se definen a través del intercambio de información.
Internet, desde esta perspectiva, no es un nuevo mundo como tal, sino el lugar
para la plétora de nuevos mundos en potencia.
El tiempo
de la música también está puesto en entredicho. No hay
duda de que el almacenamiento digital señala una especie de final para
la historia de la música o, quizás de manera más precisa,
un final de la historia musical lineal. El almacenamiento digital, de hecho,
no niega tanto el pasado cuanto lo embalsama, al hacer de él algo permanentemente
a nuestro alcance, como una moneda sonora y transnacional (lo cual es el efecto
más evidente de haber reemplazado el vinilo por el CD en los hábitos
de los consumidores). De la misma manera que las grabaciones a principios
de siglo tuvieron el efecto de congelar la música clásica según
su perfil del siglo XIX, el CD ha convertido en clásico al rock y ha
debilitado el poder de lo pop como noticia.
Simon
Frith |