DEL ARTE DE LA PAELLA Y DE LA BIENAL (DE VALENCIA)
Domingo Mestre

Junto con el cuestionario de “Parabólica” sobre la BIACS se me ofreció también la opción de reeditar algún texto sobre la Bienal de Valencia. Opté por la última alternativa porque ésta me ofrecía la oportunidad de reciclar, actualizándolo, mi primer escrito) contra la Bienal de Valencia. Aunque han pasado más de tres años desde su publicación (1) creo que el análisis de fondo sigue siendo bastante válido y que, entre las gentes y ciudades de Valencia y Sevilla son muchos más los paralelismos que las diferencias. (2) Bastante relevante también, aunque por decepcionante, me parece el hecho de que sea un gobierno supuestamente de izquierdas el que esté impulsando la Bienal andaluza. Y más aún que esto suceda tras el rotundo fracaso de la experiencia bienalística valenciana, un proyecto emblemático de la derecha zaplanista que, según apuntan numerosos indicios, ha iniciado ya su fase de descomposición:

En la Comunidad Valenciana, a día de hoy, las arcas de Educación y Cultura están completamente vacías tras las dos Bienales celebradas. El descontrol económico de la organización ha terminado duplicando (I edición) o triplicando (II edición) las cantidades inicialmente presupuestadas sin que ello se haya traducido en ningún tipo de beneficio cultural o económico demostrable.

Este despropósito financiero ha supuesto, indirectamente, la desaparición del arte contemporáneo durante los largos periodos entre Bienales. Entre las manifestaciones más claras de esta política de concentración de la oferta artística cabe destacar la renuncia al más mínimo riesgo expositivo por parte del IVAM o el falso cierre por reformas del EACC (por el momento se trata de una suspensión de actividades sin rastro de obra alguna en marcha).

Aunque el brillo del oro hizo que la primera Bienal fuera acríticamente aceptada por la mayor parte de la prensa y crítica especializada —el texto que se acompaña fue una de las primeras críticas no laudatorias que consiguieron ser publicadas—, la segunda edición se encontró ya con una ‘resistencia’ antibienalística perfectamente organizada. Ello dio pie a diferentes manifestaciones de corte crítico, como las Jornadas “Realitats de la Ciutat”,(3) o claramente reivindicativo: pegadas de carteles, pitadas, abucheos, sabotajes, etc.

Aunque los intentos de reapropiarse de la energía de nuestras críticas como instancia legitimadora no les han salido del todo mal (un par de plumillas a sueldo han intentado publicitar como un ‘éxito’ de la Bienal el profundo cabreo general de la ciudadanía), las maniobras para tergiversar y ‘blanquear’ las cuentas de resultados han sido tan burdas (llegó a contabilizarse como “público de la II Bienal” tanto a los viandantes de las calles de Valencia como a los transeúntes de aeropuertos y estaciones) que el desenlace ha sido completamente opuesto al buscado y, al final, la prensa local ha terminado poniendo en cuestión todos los datos oficiales y tomándose a chufla cualquier comunicado de la organización.

En estos momentos el descrédito de la Bienal es total, al menos en nuestro ámbito de influencia territorial. Su principal impulsora, Consuelo Ciscar, ha sido ‘desterrada’ a la dirección del degradado IVAM y aunque su eterno Director, Luigi Settembrini, permanece todavía en el puesto (probablemente por la existencia de algún oculto contrato blindado) las líneas maestras del proyecto original se han abandonado completamente: al cambiarse las fechas de la III edición (para garantizar la asistencia, al menos, del público escolar) se va a perder la oportunidad de aprovechar el tirón mediático internacional que a las anteriores ediciones les proporcionó su estratégica coincidencia con la Bienal de Venecia. El ajuste del presupuesto ha obligado también a replantearse la presencia de las ‘estrellas’ internacionales (curiosamente una de mis primeras reivindicaciones) recurriendo ahora a las ‘glorias’ (y ‘pecadillos’) locales; una medida que podría ser incluso loable sino fuera porque su intención última no parece demasiado honesta: se ha cambiado el tema previsto inicialmente (“la mujer”) para dedicarla precipitadamente a la cuestión del “agua”, actual caballo de batalla de la lucha simbólica e ideológica del actual presidente de nuestra Comunidad (PP) con el actual ejecutivo central (PSOE).

Ahora mismo, tras la reciente remodelación del Gobierno Autonómico que ha incluido un cambio de titularidad en el área de Educación y Cultura nadie es capaz de confirmar que la III Bienal de Valencia llegue alguna vez a celebrarse.

De los ingredientes necesarios.

Sabemos que la ‘realidad’ es una construcción social que se produce, tanto colectiva como individualmente, a partir de los recursos simbólicos que histórica y culturalmente tenemos a nuestra disposición. De ahí vendría buena parte del prestigio social del que aún goza el constructo Arte puesto que aunque ya no resulta demasiado creíble aquel papel de motor social que las primeras vanguardias inocentemente le adjudicaban, sí que se supone, todavía, que las artes, en su calidad de laboratorios de investigación simbólica, son capaces de aportar un flujo constante de recursos aptos para la reinterpretación de lo que (nos) pasa. Un indudable factor de utilidad social que habría que sumar al del mero disfrute sensorial de la experiencia artística, aspecto este último que, por sí solo, ya justificaría un cierto apoyo público hacia estas actividades. Otra porción, también importante, de esta buena reputación de la actividad artística provendría de las virtudes democratizadoras que podrían desprenderse de la crítica y del debate abierto que ellas mismas contienen la potencia de propiciar. Un fermento sobre el cual se ha ido desarrollando a partir del s. XVIII, la actual “opinión pública” (4) burguesa, auténtico embrión, según Habermas, del actual modelo de diálogo y participación democrática.

Sin embargo, para tener una perspectiva verdaderamente completa del panorama artisto-lógico actual no hay que olvidar que en la sociedad del Espectáculo —la nuestra— la cimentación de lo Real se sostiene, casi exclusivamente, sobre los basamentos aportados por los medios de (formación de) masas de tal modo que la incidencia ¿real? de lo artístico en nuestras vidas se encuentra, en este aspecto, bajo mínimos. A ello habría que sumarle la inexistencia en nuestro Estado de cualquier tipo de esfera pública que no esté controlada institucionalmente. Y junto a todos estos aspectos cabe destacar el hecho, fácilmente comprobable, de que frente a la imparable globalización de esta situación las artes han optado, mayoritariamente, por la priorización de las apariencias frente a las experiencias; algo que se está concretando en la proliferación de devaluados modos de hacer que, analizados contextualmente, suponen auténticas negaciones de lo aparentemente afirmado. Toda una serie de contradicciones absolutamente habituales que sólo desde la distorsionada perspectiva artisto-lógica, que sagazmente se nos proporciona cada día a capazos desde el núcleo duro de la institución artística, se pueden seguir todavía ignorando. (5) Aunque a esta incapacidad para discernir el verdadero alcance de lo que se está observando se le siga denominando eufemísticamente educación artística, lo cierto es que la única verdad que habita entre las paredes del Museo es la de que éste, por dentro, está tan vacío como por fuera —aunque como en aquel cuento del Rey que se vestía tan lujosamente que solo conseguía pasearse desnudo, tan sólo a quienes artisto-lógicamente nos comportamos como inoportunos infantes se nos escuchará alguna vez decirlo en público—. Y sin embargo es a consecuencia de este falsario consenso artisto-lógico que las artes —o mejor dicho su trivializado consumo— están pasando de constituir una hipotética alternativa al proceso de masificación mediático a convertirse en su necesario contrapunto: una mera actividad subsidiaria, de corte minoritario pero tan espectacularizado como la que más, destinada a complementar con su aura cultivada y elitista la función eminentemente falsificadora y distractora de los media. Algo para lo que las mediaciones de los especialistos/as (críticos, historiadores y periodistas pero también, ¡qué miedo!, comisarios, curadores, publicitarios e incluso politiquillos de diferentes sexos) resulta fundamental puesto que son ellos los que, finalmente, se están encargando de dar forma al espectáculo del Arte como auténtica ‘realidad’ de las artes.

De la paella y de la Bienal.

Aunque no sea esto lo que más directamente se ha publicitado, el objetivo declarado de la I Bienal de Valencia parece ser el de acabar convirtiéndose en el nuevo paradigma artisto-lógico (al menos a escala local) por cuanto supone una redefinición de las viejas funciones del Arte que habrían sido reconvertidas ahora para formar parte de una compleja estrategia publicitaria en la que los artistas son los que menos ‘pintan’ con diferencia. Con un presupuesto que probablemente excederá con creces los mil millones de Ptas., importe que correrá en su mayor parte a cargo del erario público, esta descomunal ‘paella’ artisto-lógica ha sido concebida, tal como reconocen abiertamente sus promotores, como una minuciosa campaña de auto-imagen que pretende promocionarnos en el nuevo contexto supranacional propiciado por el actual proceso de Globalización. Al igual que en nuestra tradicional receta culinaria, el mérito principal de esta Bienal proviene de su enorme atrevimiento, tan típicamente mediterráneo, para mezclar lo aparentemente opuesto, la carne con el pescado (o el Arte con la moda), y ambos con todo lo que se encuentre en el mercado de temporada: las verduras, los cereales, las legumbres, la instrumentalización política, etc., para construir con todo ello un atractivo menú turístico, el cual, por efecto imperativo de la suma total de sus ingredientes, acabará resolviendo todas nuestras contradicciones en una sola sensación: la satisfacción de la pesada digestión.

Un invento que no deja de tener su gracia puesto que si el único objetivo consiste, como afirman sus promotores, en dar a conocer, a nivel mundial la imagen de marca “Valencia”, cabe admitir que la actual receta parece incluso más apropiada que el anterior recurso de contratar a Julio Iglesias para que nos representara allende las fronteras como falsario embajador cultural.(6) Pero no nos engañemos porque el asunto no es tan sencillo y aunque el ‘truhán’ disfrazado de ‘señor’ nos salía carísimo la Bienalopaella no nos la regalan sino que nos cuesta bastante más dinero, y además no está nada claro que lo que nos aporta reúna los requisitos mínimos de calidad. El problema surge pues, en este caso, del hecho de que al estar estructurados todos estos eventos, supuestamente artísticos, como ingredientes de una sola estrategia publicitaria —aunque, eso sí, de muy altos vuelos— resulta totalmente irrelevante detenerse a discriminar si para conseguir salir en los media se ha recurrido a los artistas de moda o a los modistos del Arte —o incluso a algún inoperante y patético gesto de supuesta ‘resistencia’ antiglobalizadora—. En estas condiciones importa bien poco lo que se haga, o se deje de hacer, puesto que, al final todo, terminará ‘cociéndose’ en el mismo recipiente —ese en el que el continente se confunde con el contenido— (7) y resulta completamente equivalente a efectos de rentabilidad mediática. Para entender correctamente lo que decimos hay que tener en cuenta que la principal aportación de su director, Luigi Settembrini, habrá sido la incorporación del concepto de “impacto mediático” como estrategia de desactivación de la(s) crítica(s) y, sobre todo, su institucionalización como objetivo prioritario de las actividades artísticas. En síntesis, esto del “impacto” consiste en una perversa fórmula matemática que le convierte a usted, que me está leyendo ahora, en una simple cifra que acabará engordando sus estadísticas de resultados —y a quien esto escribe en un agente involuntariamente a su servicio—. De esta forma, toda referencia a las posibles experiencias artísticas proporcionadas por la Bienal resultan absolutamente superfluas puesto que el mero hecho de publicar cualquier comentario, por mucho que se quisiera crítico frente a esta política cultural, acabará convirtiéndose en un acto de consumo productivo mediante el cual ambos acabaremos justificando —en mi caso, muy a mi pesar— el ‘éxito’ de esta maquiavélica fanfarria cuya mayor virtud pudiera radicar, finalmente, en su carácter bianual, esto es, en que no está previsto que se celebre todos los años.

De la Bienal y de Valencia

Llegados a este punto no me parece de recibo que nuestros dirigentes locales pongan el grito en el cielo ante la políticamente incorrecta reacción del público frente al vergonzoso espectáculo de la ceremonia inaugural. (8) Al fin y al cabo no sé que otra cosa podían esperar tras gastarse esa barbaridad de dinero en una fastuosa ceremonia de la confusión cuya única finalidad es la autopromoción turística y política. Una vulgar maniobra de manipulación conceptual que a pocas luces que se tengan deja de percibirse como genial estrategia de marketing cultural para revelarse como lo que es: una muestra del absoluto desprecio que nuestros gobernantes sienten hacia la realidad de la educación y la cultura. Personalmente, me atrevo a aventurar que si esos millones se hubieran invertido en la promoción de las prácticas artísticas locales, de tal modo que de verdad se facilitara la generación autónoma e independiente de producciones autóctonas de calidad al margen de las directrices y dirigismos de los políticos, es más que probable que el resultado hubiera sido muy diferente. Y, como mínimo, estoy seguro de que la ‘voz del pueblo’, aún en su papel de antagonista necesario no hubiera sonado tan desafinada puesto que, mal que les pese a los organizadores de la ‘fiesta’, aquellos soeces insultos del día de la inauguración no son sino el reflejo directo, en términos generales, del fracaso de su política educativa y cultural. Ciertamente, cabe reconocer que esto del ‘pueblo’ es una molesta y compleja abstracción que resulta mucho más fácil de manipular que de educar. Pero también conviene recordar que son justo estos matices los que han marcado siempre la diferencia entre cultura y barbarie. Y, en estos momentos, me parece que apostar por el Espectáculo, aunque éste sea de élite, es justo lo contrario de hacerlo por la cultura.

Notas

(1) La versión original de este texto fue distribuido inicialmente bajo la forma de spam (correo electrónico no solicitado) con fecha 27-07-2001. Se presentaba con el encabezado genérico “Si no quieres recibir más rollos de estos, dímelo (06)” y posteriormente fue publicado en el nº 0 de la revista “Nadaes” de Cádiz.

(2) Una anécdota que siempre me ha hecho mucha gracia es el empecinamiento por publicitar los respectivos museos de Bellas Artes como la “Segunda Pinacoteca del Estado”.

(3) Entre los participantes cabe destacar la presencia del antropólogo Manuel Delgado, de la entonces presidenta de la UAAV Concha Jerez, de los juristas Antonio Montiel y Fernando Flores, del economista Pau Rausell, del escritor y periodista Joan M. Oleaque o de la historiadora Trinidad Simó.

(4) Nos referimos, naturalmente, a las tesis de J. Habermas del que conviene consultar al respecto su “Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública, en Ediciones G. Gili, SA de CV, Barcelona, 1994. El entrecomillado del término ‘opinión pública’ se debe a que es el editor quien impuso esta traducción en el título para esquivar la acepción unidimensional que la traducción literal de la palabra “publicidad”, que es la utilizada por el autor, mantiene en castellano. Aquí la hemos mantenido por ese mismo motivo.

(5) Este punto está desarrollado más ampliamente en “¿Es posible un Arte de izquierdas?”, artículo publicado en el monográfico “Ideologia_Àdhuc” nº 2 editado en 2001 por Comissariat Associació de Reus,

(6) El multimillonario contrato público del cantante para representar a la Generalitat Valenciana es todavía motivo de polémica y de investigación judicial ya que buena parte de sus ingresos se facturaron a través de sospechosos paraísos fiscales además de computarse ocultamente y de forma bastante irregular.

(7) Reconocido por el Consell Valencià de Cultura en sesión plenaria de hace unos pocos meses: la paella alude por igual al plato de comida que degustamos que al recipiente en el cual se cocina. Aunque el detalle pueda parecer anecdótico creo que sirve perfectamente para ilustrar en qué ocupan su tiempo (y nuestro dinero) las más altas instituciones culturales de nuestra comunidad.

(8) La inauguración se retraso varias horas para que las autoridades e invitados VIP pudieran disfrutar de la copiosa cena ofrecida, naturalmente, a cargo del erario público. Esta larguísima espera en los márgenes del banquete aumentó la indignación del público de a pie que, en justa respuesta a la provocación, aprovecho las posibilidades interactivas que les ofrecía una gigantesca pantalla de vídeo montada por la Fura para poner de vuelta y media, por medio de obscenos mensajes SMS emitidos en abierto y en formato gigante, tanto a los responsables de la organización como al grueso de los mandamases asistentes. Lamentablemente, dado el bajo nivel educativo de las élites culturales valencianas (que suponemos son las que asisten a este tipo de espectáculos), los participantes no guardaron debidamente las formas y expresaron su profundo malestar y desacuerdo con total ausencia de tacto y de sensibilidad artística.