Resulta complicado escribir sobre música
electrónica hoy en día. Hace unas décadas todo el mundo
sabía, más o menos, precisar y marcar las fronteras y diversos
subgéneros de este estilo, pero actualmente debido al avance paralelo
que han tenido los instrumentos que sustentan esta música y su incursión
en el pop, el término se ha desvirtuado y bifurcado hasta
tal punto de que estoy seguro que muchos de vosotros estaréis pensando
en este momento en el sonido Berlín, otros en electroacústica
y los más en el tecno y las actuales corrientes ambient
y de baile y os pregunteis de qué rayos va a versar este artículo.
Sin duda, los sintetizadores, aquellos extraños
instrumentos que comenzaron a utilizar a finales de los 60 algunos locos
visionarios como Klaus Schulze, Edgar Froese o Florian Fricke de Popol Vuh
(quien por cierto le vendió a Klaus Schulze su primer Moog), son
hoy moneda de cambio normal en cualquier producción musical. Y esta
apreciación quizá nos llevaría a pensar que toda obra
musical en la que se impliquen instrumentos electrónicos podrían
ser por tanto tipificadas bajo el epígrafe de música electrónica.
En absoluto, porque la música electrónica, en sus diferentes
corrientes, además de compartir con otros estilos el soporte de la
síntesis electrónica, posee un vocabulario único y
personal, tanto a niveles tímbricos y estéticos como estilísticos.
Nos centraremos aquí en los aspectos más
populares de la música electrónica y prestaremos especial
atención al sonido Berlín, Düsseldorf y otras corrientes
paralelas siempre derivadas del rock, que, desde mi punto de vista, se erigen
como los antecedentes más fiables del aluvión de estilos y
subgéneros electrónicos que están surgiendo actualmente.
Y hablando de pioneros, resulta imposible no hacer referencia
a los precursores que de una u otra manera ayudaron a desarrollar estas
estéticas. Si hablamos de antecedentes previos tendríamos
que retrotraernos hasta principios del siglo pasado con Luigi Russolo y
sus amigos del club de los futuristas italianos que ya por esa época
comenzaron a experimentar con ruidos y sonidos generados mecánicamente
todo ello teorizado en el manifiesto “El Arte de los Ruidos”.
Asimismo, aparecen los primeros instrumentos electrónicos como el
Theremin, muy reivindicado por jóvenes compositores actualmente.
Tampoco podemos olvidar las Ondas Martenot diseñadas en los
años 20 por el compositor e ingeniero francés Maurice Martenot
y que se limitaba a ser un generador de bajas frecuencias aplicado a un
piano. Más tarde, compositores como Henry Cowell sientan las bases
de una música creada únicamente con la intervención
de medios electrónicos, que no se haría realidad hasta varios
años después con el significativo desarrollo de la tecnología
de la grabación de sonidos a mediados de los años 40.
A mediados del siglo pasado surge la música
concreta y electroacústica basada en la manipulación
y edición de cintas con sonidos reales. Un género que hoy
en día, como muchos otros, se beneficia de los avances tecnológicos
pero en plena posguerra mundial era un estilo “físico”
al que se refiere Asmus Tietchens, una de las figuras más representativas
de esta estética en la actualidad, como “música para
tijeras y sangre” refiriéndose a los continuos cortes que suponía
la manipulación de estos afilados instrumentos en el proceso de montaje
de una obra musical electroacústica. Pierre Schaeffer es uno de los
padres de la música concreta y el principal baluarte en proporcionarle
la entidad académica que ha venido desarrollando a lo largo de los
años y que sería continuada desde muy diversos frentes por
compositores como Maderna y Stockhausen.
También en la segunda mitad del siglo XX, un
compositor americano nacionalizado mexicano, Conlon Nancarrow mostró
por primera vez paisajes matemático-musicales de extraordinaria belleza
y complejidad utilizando el método de ejecución mecánica
a través de pianolas de rollo perforado manualmente.
Pero la revolución de los sintetizadores y por
consiguiente su aplicación musical más tangible, tiene lugar
durante los años 60. Robert Moog y otros comenzaron a diseñar
unos instrumentos capaces de variar el tono y el volumen, y de crear, filtrar
y modificar sonidos electrónicos, así como de ofrecer toda
una amplia gama de sonidos y efectos pregrabados. Esto significó
que la música electrónica, antes académica y reservada
a unos pocos, desarrollada en la intimidad del estudio, pudiera buscar nuevos
formatos y popularizarse, que los músicos de rock pudieran experimentar
con ellos y aplicarlos a sus propuestas. La música electrónica
pasa, por tanto, de los estudios a los auditorios y salas de conciertos.
Estamos ante una auténtica revolución de la que se benefician
otras manifestaciones artísticas como el cine.
Un cineasta de culto, inventor del género psico-killer
y excelente compositor electrónico como John Carpenter, director
de películas como Halloween nos comentaba que la aparición
de los sintetizadores significó abaratar costes en el proceso de
musicalización de sus películas, además de permitirle
experimentar con ambientes sonoros que no podría haber conseguido
con una orquesta sinfónica y así crear los climas tensos que
buscaba para sus historias. El cine americano ya había recurrido
a los primeros prototipos de estas máquinas, instrumentos por aquel
entonces limitados y capaces únicamente, y no es poco, de crear nuevas
tímbricas pero no de sintetizar otras, y por ejemplo Alfred Hitchcock
encargó al compositor alemán Oskar Sala que creara en su sintetizador
Trautonium, los chillidos de los pájaros para la película
del mismo título.
Los últimos años de la década de
los 60 contemplan, asimismo, el surgimiento de una de las corrientes musicales
más creativas del siglo XX, la psicodelia. La música
comienza a cambiar y a romper moldes. La psicodelia contaminó
todo lo que le rodeaba, tanto en ambientes del pop como de la escena
clásica y en una y otra orilla del Atlántico comienzan a surgir
nuevos estilos. Unos pocos años antes, en Estados Unidos, surge una
tendencia artística y musical llamado minimalismo que depura
las formas y reduce las obras a estructuras de una sencillez geométrica,
y mientras algunos compositores de esta estética como Steve Reich
recurrían a instrumentos clásicos, otros como Terry Riley,
Phillip Glass o David Borden hacían lo propio con sintetizadores.
El matrimonio entre psicodelia y minimalismo dio lugar al Krautrock, estilo
expresionista que surge en Alemania a finales de los 60, y que no era más
que la versión teutona de la psicodelia británica proponiendo
una densificación de ese sonido y una apertura hacia la improvisación.
Grupos como Can, Agitation Free o los primeros Tangerine Dream comienzan
a desarrollar este estilo a finales de los 60.
Can con Prehistoric Future de 1968 y el primer
disco de Tangerine Dream, Electronic Meditation, de 1969, son sin
duda dos de los grandes monumentos Krautrock, que pueden ser considerados
un antecedente de la música electrónica tal y como la conocemos.
También en 1969, Holger Czukay de Can publica junto a Rolf Dammers
una de las obras más influyentes de la música electrónica
de todos los tiempos que se adelanta varios años al uso de técnicas
de sampler (aunque en este punto tendríamos también
que referirnos a Spike Jones que ya en los años 30 hiciera una versión
del Jingle Bells con ladridos de perro), y que musicalmente incorpora elementos
tribales hoy tan en boga. Canaxis 5, el título de esta obra
maestra, se grabó en tan sólo cuatro horas en el estudio de
música electrónica de Stoackhausen, aunque, según nos
confesaba el propio Czukay se aprovecharon, con la complicidad del asistente
de Stockhausen, que éste había salido para colarse de rondón
en su estudio y realizar la grabación sin que él lo supiera.
Cantos de lamentación vietnamitas convenientemente manipulados en
bucles repetitivos y atmósferas electroacústicas, conforman
el núcleo central de una obra muy infravalorada y desconocida incluso
hoy.
En la formación de Electronic
Meditation de 1969, el primer disco de Tangerine Dream, estaban tres baluartes
del posterior desarrollo de esta estética, Edgar Froese, Klaus Schulze
y Conrad Snichtler, un triunvirato que seguiría caminos separados
tras la edición de este álbum. Froese seguiría manteniendo
Tangerine Dream, Shulze tras su paso con Ash Ra Tempel al lado de Manuel
Gottsching y Hetmut Enke, iniciaría una fructífera y prolífica
carrera en solitario, mientras que Conrad Schnitzler, el más experimentador
y excéntrico de los tres, pasaría por diferentes formaciones
como Kluster y hoy está completamente absorbido por la escena contemporánea
más académica y radical en obras electroacústicas y
reniega de su pasado en Tangerine Dream. Hace unos años, en una entrevista
que concedía para nuestra publicación “Margen, Audio
Magazine” cuando le preguntamos por el Krautrock y lo que había
significado para él se limitó a hacer gestos despectivos y
a decir: “Ah eso, es un estilo que lleva guitarras, bajo y aporreamientos
varios para que suene afinado”. Y sobre Can, otro de los referentes
del sonido Krautrock dijo: “No entiendo como Irmin Schmidt y Holger
Czukay, grandes compositores clásicos, pudieron entregarse a una
música tan popular”. Tampoco escatimó críticas
a los nuevos álbumes de Tangerine Dream diciendo categóricamente:
“No los puedo soportar, es música blanda que apela a los instintos
más bajos del hombre.”
Tangerine Dream y Klaus Schulze seguirían, como
decíamos, caminos separados pero paralelos. Ambos deciden traducir
su estilo, antes eléctrico al de los sintetizadores, de ahí
surgió un estilo denominado escuela de Berlín, una música
cuyos principales ingredientes son las atmósferas surrealistas y
la secuencias repetitivas, un universo sonoro nuevo influido por el rock,
la improvisación, el minimalismo, el misticismo oriental y por último,
pero no menos importante, el uso de drogas, verdadero acicate del movimiento
psicodélico que pretendía traducir musicalmente las extrañas
visiones que producían los ácidos y las drogas sintetizadas.
De hecho, Thimothy Leary, uno de los teorizadores del LSD compartió
con ellos, especialmente con Ash Ra Temple, muchas sesiones de grabación.
Asimismo, la psicodelia influye en el cine y películas como “2001
una odisea del espacio” de Kubrick intentan plasmar en imágenes
estos extraños viajes como en la famosa secuencia musicada por las
Atmospheres de Ligeti.
Una anécdota curiosa surge con la formación
Cosmic Jokers en la que participaban Klaus Schulze, Manuel Gottsching
y los miembros de Ash Ra Temple. La banda grabaría 4 álbumes
indefinibles que al parecer nunca fueron planeados como tales. El propio
Manuel Gottsching me comentaba que solían reunirse en casa de Rolf
Ulrich-Kaiser, el propietario del sello Ohmr y hacían fiestas en
las que el LSD era el protagonista principal. Cuando el ácido comenzaba
a hacer el efecto deseado, Kaiser les animaba a meterse en el estudio a
improvisar. Y de ahí surgieron estos álbumes que ellos en
ningún momento sabían que estaban grabando.
Eran tiempos de locura y desenfreno, pero que sin duda
fomentaron la evolución musical, no quiero, ni mucho menos hacer
una apología del uso de estas sustancias, no es el momento ni el
lugar, pero el hecho constatable es que sin ellas la música moderna
y popular no hubiera evolucionado de la manera en que lo hizo. De hecho,
ante las evidentes diferencias entre el sonido electrónico europeo
y el americano de las que más tarde hablaremos, muchas han sido las
teorías que intentan explicar este hecho, el porqué la música
electrónica americana es más melódica y más
“blanda” que la europea, el mejor análisis lo hizo el
crítico y editor americano Archie Patterson, uno de los pioneros
en la difusión de estas nuevas músicas a nivel internacional
con su revista Eurock que me comentaba que la única diferencia
es que la electrónica europea estaba inspirada por el uso de drogas
y la americana no.
De esa misma opinión es Cyrille Verdeaux un compositor
francés autor de una obra maestra titulada Clearlight Symphony donde
se aliaban de forma espléndida la música electrónica,
el rock y la clásica, editada por Virgin el mismo año que
Tubular Bells de Mike Oldfield y que vio oscurecido su éxito
precisamente por el bombazo que supuso la obra de las campanas hoy en día
tan desvirtuada por sus continuas secuelas. Verdeaux hablaba de la grabación
de sus discos como extrañas sesiones donde era habitual el uso de
LSD, algo que en un proyecto suyo posterior como fue ZNR al lado de Hector
Zazou conllevó situaciones casi psicóticas de cambios de conducta
que en algunos casos se tornaron incluso violentas cuando en un concierto
en un campus universitario francés, la policía subió
al escenario y arremetió contra ellos antes las continuas burlas
y cortes de mangas de Zazou que según Cyrille Verdeaus estaba por
aquella época completamente loco. El propio Cyrylle nos confesaba
acerca de su paso por esta banda “Tuve que irme de allí antes
de que Zazou y los demás me robaran el equipo”.
Sin pretender una demostración empírica
de la relación entre la creatividad musical y el uso de ácidos
y drogas blandas, lo cierto es que en términos meramente musicales
se consiguen verdaderos hallazgos y centrándonos en el caso de Klaus
Schulze y su condición de batería, ya que antes de pertenecer
a Tangerine Dream y a Ashra ya había pasado por una banda llamada
Psy Free en la que tocaba la batería, seguramente sin proponérselo,
aunque claramente influido por un percusionista americano llamado Steve
Reich que venía de diseñar un sistema compositivo de complejidad
matemática llamado desfase gradual, comienza a desarrollar un estilo
sintético cuyo núcleo rítmico se basaba en el inapreciable
desfase de los canales estéreo consiguiendo crear células
rítmicas secuenciales, complejas y veloces que chocaban, se superponían
y se entrecruzaban. Al igual que Steve Reich, aunque sin su precisión
rítmica, Schulze demuestra no estar capacitado para las melodías,
y cuando a mediados de los 90 intenta hacer una banda sonora típicamente
hollywoodyense como es Le Moulin de Daudet, el resultado es un absoluto
fiasco en su discografía. Lo suyo son las atmósferas y los
bucles repetitivos. Es por eso, que estos primeros capítulos del
género electrónico nos dejan una música surrealista
y muy descriptiva que rehuye los convencionalismos melódicos.
Por otro lado, si hay algo que define la escuela de
Berlín es la total dependencia del oyente del formato discográfico,
no es un estilo inmediatamente accesible, nadie puede silbar o retener en
su cabeza una atmósfera o una secuencia, lo que, desde mi punto de
vista, le proporciona un valor añadido.
Ese concepto surrealista se combinaba con una estrecha
relación con la improvisación, cada concierto era único
y diferente al siguiente, hasta tal punto que muchos fans al estilo
de la película Easy Rider de Dennis Hopper seguían
las giras de estos artistas para no perderse ni un solo concierto.
Tangerine Dream por su parte, diseñan
un estilo similar, quizá más orgánico, que tiene su
esplendor durante la primera mitad de los 70 con álbunes fascinantes
como Rubycon o Phaedra repletos de sonidos secuenciales y atmósferas
inéditas para ir poco a poco, y con continuos cambios en su formación,
recurriendo a unidades narrativas melódicas que sería su sello
inconfundible durante los 80. Su relación con el cine ha sido fructífera
componiendo bandas sonoras para magníficas películas como
Sorcerer de William Friedkin o Ladrón de Michael Mann, aunque el
propio Edgar Froese nos comentaba su desilusión de la industria cinematográfica
americana que mantiene secuestradas muchas de sus obras. Como él
mismo decía: “Para comprenderlo hay que saber cómo trabajan
estas empresas. Un compositor es un empleado de la compañía
en cuestión, una parte del engranaje. Para ellos eres igual que el
director o el tipo de los focos. Haces la música que ellos te ordenan
y se la vendes para que hagan con ella lo que les apetezca. Si quieren la
editan, a veces sólo veinte minutos, y si no la guardan en sus archivos
o simplemente se deshacen de ella o la venden a otra compañía”.
Un comentario descriptivo de cómo funciona la
industria cinematográfica americana que parece haberse desprendido
del concepto de arte para abrazar la religión de dinero y el enriquecimiento
rápido.
Pero volvamos a principios de los 70 y mientras en Berlín
funcionaban Klaus Schulze, Tangerine Dream y Ash Ra Temple realizando esos
sonidos surrealistas e hipnóticos a los que antes nos referíamos,
en Dússeldorf se desarrollaba todo lo contrario. La base era la misma,
el uso de sintetizadores, pero ante el hipismo de los berlineses,
Kraftwerk, por ejemplo, prefiere las melodías esquemáticas
y los ritmos marcados en contra de las nebulosas lisérgicas. Incluso
en apariencia se contrastan ambos estilos, los berlineses mantienen la estética
del rock progresivo de los 70, melenas y aspecto desaliñado, contra
la pulcritud burguesa y aséptica de los de Düsseldorf que estaban
creando un claro antecedente del tecno y el pop electrónico.
Su uso del vocoder, instrumento que sintetizaba la voz humana y que
había desarrollado el alemán Werner Meyer-Eppler en los años
40, fue crucial para su posterior desarrollo.
Es entonces cuando la música
electrónica comienza a invadir el resto del mundo y a desarrollar
unas particularidades propias, casi geográficas, dependiendo del
lugar donde se ubique. En Europa, durante la primera mitad de los 70, Vangelis,
procedente de la banda de rock sinfónico Aphrodite Child donde también
participó Demis Roussos, desarrolló un estilo melódico,
épico y orquestal basado en tímbricas muy personales. Brian
Eno, en Inglaterra, tras su paso por bandas de rock como Roxy Music, desarrolla
en la segunda mitad de los 70 un estilo ambiental, basado en una versión
más armónica y etérea del componente atmosférico
de la escuela de Berlín. También en Gran Bretaña David
Vorhaus, White Noise, un pionero de la música electrónica
e inventor del kaleidofón sorprendió a propios y extraños
con su disco An Electric Storm, un álbum que transgredía convenciones
y ofrecía texturas sonoras hasta entonces inéditas para el
oído humano. Jean Michel Jarre en Francia combina el aspecto cósmico
de Berlín y el melódico y maquinal de Dusseldorf para acometer
su estilo. También en Francia Richard Pinhas crea Heldon, una síntesis
de rock progresivo y electrónica. En Rusia Eduard Artemiev comienza
a experimentar con un sintetizador llamado ANS y posteriormente alcanza
renombre internacional con sus bandas sonoras para las películas
de Tarkovsky, Mirror, Stalker, Solaris. En USA, Walter Carlos y David Borden
comienzan también a experimentar con estos instrumentos, el primero,
que después cambiaría de sexo y pasaría a llamarse
Wendy Carlos con un, asimismo, apreciable cambio de estilo, que pasa de
proponer un actualización del legado clásico en versiones
sintéticas de Bach a la elaboración de un conglomerado sonoro
complejo y fascinante como sugiere su obra Beauty In the Beast ya
en los 80, donde sonidos étnicos del Tibet se combinan con música
electrónica; mientras, Borden reinventa el estilo minimalista repetitivo
aplicándole descargas electrónicas y estudios contrapuntísticos
muy arriesgados. En Japón, Kitaro, tras su paso por la banda de rock
sinfónico Far East Family, crea una música muy influida por
Vangelis y Klaus Schulze aunque matizada por influencias étnicas.
Mientras que en España surgía a mediados de los 70 la banda
Neuronium con Michel Huygen, Albert Gimenez y Carlos Guiaro, con un estilo
de música electrónica cósmica y sinfónica en
sus dos primeros y fantásticos álbumes. Posteriormente Huygen
seguiría en solitario con el proyecto.
La música electrónica comienza, por tanto,
a florecer por todo el mundo, pero no puede despegarse de su condición
de estilo underground, no sólo por la novedad musical que representa
en sí misma sino porque el público en general es reacio a
aceptar una música sintética, en teoría totalmente
automatizada, donde la intervención del músico es, a primera
vista, escasa. Surge entonces el debate, un tanto gratuito todo hay que
decirlo, que intenta dilucidar si el valor de la música electrónica
está en su aportación intrínseca al desarrollo de la
música moderna o si se deben juzgar los medios y las formas que se
utilizan para conseguirla.
Recientemente
volvió a abrirse el debate a propósito de Tangerine Dream
y Jean Michel Jarre, especialmente este último, en cuanto a que sus
conciertos eran automatizados y no interpretados en vivo. El propio Schulze
reconoce que su más reciente concierto en China fue totalmente pregrabado,
según él la complejidad de la puesta en escena y de la música
en sí le obligaron a hacerlo. Las críticas fueron inmediatas,
máxime cuando meses antes Schulze en unas declaraciones a un
medio finlandés, alimentaba la rivalidad existente entre él
y Jean Michel Jarre afirmando que Jarre era más un hombre de negocios
que un músico en relación a que sus conciertos son totalmente
simulados con el agravante de que los disfraza con una puesta en escena
artificiosa y gestual donde demuestra emociones como si estuviera interpretando
algo que realmente ha sido pregrabado.
Obviamente son casos extremos ya que
la totalidad de músicos electrónicos interpretan sus conciertos
en vivo, aunque es obligada la incorporación de bases pregrabadas
dada la complejidad de su propuesta, mientras otros prefieren desistir de
plantearse hacer conciertos ante la imposibilidad de poder expresar en directo
el contenido de sus discos. Este hecho no sólo se refiere al mundo
de la música electrónica sino que también atañe
a la música rock, ni todos los conciertos de rock son en vivo ni
todos los de música electrónica son simulados.
En cualquier caso esta no es una norma recientemente
aplicada, Charles Ives, considerado uno de los grandes mentes musicales
del siglo XX tuvo que aceptar la limitación de que muchas de sus
obras no pudieran ser interpretadas en vivo incluso que no pudieran ser
grabadas por la inexistencia del multipista, el MIDI y otras herramientas
musicales actuales.
El tema queda zanjado cuando un músico de la
talla de Vangelis afirmaba en una de las escasas entrevistas que concedió
a lo largo de su trayectoria, concretamente en 1975 a un medio norteamericano:
“Sí, toco instrumentos electrónicos, pero son mis dedos,
mi cerebro y mi corazón los que lo manipulan, no hay duda de que
el sintetizador permite cosas inimaginables pero si no lo enchufas no funciona”.
Un comentario jocoso a la par que lúcido que demuestra la participación
humana en la consecución de obras electrónicas y su entidad
como estilo musical lejos del virtualismo que muchos pretenden achacarle.
Sin prisa, pero sin pausa y casi siempre como estilo
underground, la música electrónica sigue su avance por la
década de los 80, y mientras los pioneros van relajando sus propuestas,
surgen movimientos reivindicativos del sonido original. Comienza un lento
pero sensible renacer de la música electrónica en Europa y
en USA, y en cada continente y cada país, como siempre, su desarrollo
es distinto y personal. En Gran Bretaña se recoge la influencia Berlín
y se desborda hacía parámetros más rítmicos
y melódicos. Músicos como Mark Shreeve, Ian Boddy o Mark Jenkins,
conforman la punta de lanza del estilo electrónico en Inglaterra.
En Holanda la evolución es similar a la de Gran Bretaña pero
su personal idiosincrasia pasa por un peculiar sonido conseguido en los
estudios Groove que dirigen los sintetistas Ron Boots y Kees
Aerts. Mientras, en la cuna del estilo, en Alemania, músicos como
Bernd Kistenmacher aportan aire fresco en su reinvención del sonido
Berlín.
En Estados Unidos, un compositor como Steve Roach comienza
a finales de los 70 a trabajar desde el convencimiento de su total apego
al sonido Berlín para acabar diseñando un estilo espacial
y cósmico a la vez que tribal y subterráneo que han seguido
innumerables compositores en todo el mundo como Michael Sterans, Vir Unis
o Vidna Obmana. Otro compositor americano llamado Robert Rich comienza en
1981 investigando la relación de la música electrónica
con el minimalismo, la microtonalidades y los sistemas de afinación
orientales en sus famosos conciertos para dormir, donde los espectadores
se iban adormeciendo a lo largo de las 8 horas que venían durando
sus conciertos. De estas experiencias como terapeuta musical pasaría
a desarrollar paulatinamente un estilo personal a medio camino entre el
sonido espacial americano y la electroacústica más benigna.
El surgimiento a mediados de los 80 de un estilo impersonal
como la New Age fue un acicate para el renacimiento de toda esta música.
La New Age, como cajón de sastre que era, significó una buena
excusa para albergar bajo su etiqueta todos los estilos innovadores y aportarles
el empuje comercial que necesitaba esta música para salir momentáneamente
de los abismos creativos en los que se ocultaba.
Los 90 significan un retorno a la música de los
70, hay un revival de bandas progresivas y electrónicas, comienzan
a reeditarse en CD todo el material de estas bandas a la vez que aparecen
otras que dan continuidad o actualizan ese sonido y el interés por
parte de las nuevas generaciones comienza a crecer. Revistas, sellos discográficos
independientes, festivales y programas radiofónicos comienzan a dedicarse
a estos tipos de música.
Sería imposible reseñar de tan amplia
la lista de nuevos valores de la música electrónica a nivel
internacional, pero quizá uno de los más interesantes es español,
catalán por más señas, se llama Dom F. Scab y ha conseguido
recrear el estilo Berlín desde una óptica muy personal e integradora
con otros estilos colaterales. Su excelente y contrastada trayectoria le
ha permitido ser fichado por el omnipotente sello holandés Groove
Unlimited donde acaba de editar su nuevo disco Binary Secrets.
Las actuales corrientes de la música
electrónica son un verdadero galimatías de términos
como trance, jungle, drum’n’bass, chill-out, y son reflejo
de la importancia que tiene la música electrónica en la actualidad.
Incluso los pioneros como Holger Czukay de Can o Schulze reivindican la
paternidad de estos estilos aportando su personal visión sobre el
ambient contemporáneo en algunos de sus más recientes
trabajos, pero no pueden evitar referirse a estos estilos como efectistas,
funcionales y sujetos a las modas y no como géneros intemporales.
Schulze nos comentaba en una ocasión “Yo comencé a hacer
música cuando no existían ni estaban de moda los sintetizadores,
ni los ordenadores ni el trance y seguiré haciéndola cuando
esta moda pase. Reconozco que me resulta tremendamente difícil orientarme
en esta jungla de estilos que están surgiendo en la música
electrónica pero me resulta agradable que las nuevas generaciones
acepten mi música y que cuando buscan las raíces de este estilo
encuentren a Tangerine Dream, Kraftwerk y a mí. Fuimos los únicos
que nos atrevimos ante la oposición y las risas del mundo. Nosotros
allanamos el camino si es que se puede decir así.”
Muchos músicos actuales homenajean a
estos padres putativos del ambient actual, incluso a Steve Reich,
el inventor de la música repetitiva al que antes aludíamos,
se le dedicó recientemente una recopilación en la que nuevos
músicos lo proclaman como el padre del ambient y el tecno.
Cuando le preguntamos a Reich sobre esto, nos comentó que a pesar
de no estar muy informado de las actuales corrientes encuentra muchas similitudes
entre la electrónica actual y lo que él hacia, especialmente
en el efecto que causa en las audiencias y se refiere a ella como la música
tribal urbana, sonidos rituales para la vida en las urbes, lo cual nos parece
una definición muy acertada. Y añade: “Me gusta como
los nuevos compositores nos miran de refilón y actualizan lo que
nosotros hicimos unas décadas antes. Yo hice lo mismo a mediados
de los 60 cuando recreé los patrones percusivos africanos y los integré
en un formato orquestal.”
Sin duda, y como bien apunta Steve Reich, la
labor del compositor actual, ya sea electrónico o clásico
es crear híbridos, recoger el legado del pasado combinarlo con las
facilidades del presente para crear la música del futuro. Todo está
inventado y los verdaderos hallazgos surgen de la fusión entre elementos
que a priori y sobre el papel no parecen dados a entenderse. De hecho, la
historia de la música en el siglo XX ha estado guiada por esta máxima.
Sin ir más lejos, cuando Stravinsky comenzó a combinar instrumentos
orquestales con un espíritu tribal de énfasis rítmico
dentro de la orquesta sinfónica, no estaba haciendo nada intrínsecamente
nuevo, puesto que los elementos ya estaban inventados, pero las combinaciones
sí eran nuevas y el resultado, por tanto, también. Por eso
cada vez son más los compositores interesados en la fusión
de estilos a veces con resultados tremendamente asombrosos como por ejemplo,
el caso del dúo alemán Fanger & Kersten cuando combinan
las atmósferas y secuencias del sonido Berlín con los
ritmos programados y las melodías esquemáticas del sonido
Dusseldorf, o lo que es lo mismo, emparejar con éxito el sonido
de Tangerine Dream y el de Kraftwerk. Otro ejemplo de fusión es el
del compositor inglés Dirk Mont Campbell, músico que pasó
por la disciplina de bandas del estilo Canterbury
como Egg o National Health, para en 1994 publicar un disco titulado
Music from a Round Tower, donde sintetiza todos los hallazgos de la
música de las tres últimas décadas, minimalismo, electrónica,
étnica, rock y clásica contemporánea de forma increiblemente
homogénea y gracias al sistema MIDI que le permite a un solo hombre
rodearse virtualmente de 53 músicos que son lo que en teoría
deberían interpretar la obra si esta se llevara al directo.
Los ejemplos de estas nuevas tendencias combinatorias
no sólo en la electrónica sino en la música contemporánea
en general, serían extensos, pero no podemos evitar referirnos a
otro genio, en este caso húngaro llamado Laszló Hortobagyi
que consigue una fusión perfecta entre sonidos étnicos asiáticos
y ritmos y ambientes electrónicos a la vez que busca nuevas combinaciones
tímbricas y huye de la estandarización de los sonidos.
Otro caso curioso es el de Gabor Csupo un conocido
productor televisivo de series de animación como The Rugrats o los
Simpsons y propietario de la productora Klasky & Csupo de Hollywood
y del sello Tone Casualties, que tiene su sede en plena Sunset Boulevard,
que Csupo creó para dar rienda suelta a su pasión secreta,
la música electrónica. Lo que para él es un simple
hobby no lo es tanto para la crítica que está valorando su
nuevo disco, Liquid Fire como una verdadera obra maestra de la vanguardia
actual, donde el compositor de origen húngaro vierte toda suerte
de sonidos importados de la étnica, del rock y la clásica
y las mil y una variantes de la música electrónica desde el
sonido Berlín y Dusseldorf hasta el tecno pasando por la música
concreta y electroacústica, para un álbum que está
dando mucho que hablar.
El abaratamiento de toda esta tecnología
permite que la música no sea privilegio de unos pocos y que todo
el mundo pueda tener su sintetizador, su estudio casero y experimentar con
él. Hasta qué punto esto beneficia o entorpece el desarrollo
musical es un tema que me gustaría dejar en el aire para una próxima
ocasión.
Y lo dejamos aquí de momento pidiendo
disculpas si el contenido de este articulo no ha estado a la altura del
título. Es materialmente imposible en tan poco espacio intentar esquematizar
el desarrollo histórico de un movimiento musical tan activo, creativo
y dinámico como el de la música electrónica.
Rafael Dorado, Director de MARGEN magazine