La modernidad está
constituida por un conjunto en el cual el todo se expresa en la individualidad
de las partes. Diversidad y semejanza caminan juntas, expresando la matriz
modernidad-mundo en una escala ampliada.
Plantear la cuestión desde esta
óptica nos permite evitar el falso problema de la homogeneización
de la cultura. No obstante, debido a la especificidad del campo cultural,
pienso que es importante señalar algunas diferencias. Cuando nos referimos
a la economía y la técnica, nos encontramos ante procesos que
reproducen sus mecanismos, de modo igual, en todos los rincones del planeta.
Hay sólo un tipo de economía mundial, el capitalismo, y un único sistema técnico
(fax, computadoras, energía nuclear, satélites, etc.). Sin embargo,
es difícil sustentar el mismo argumento respecto de los universos culturales.
Por ese motivo, prefiero utilizar el término “globalización”
al referirme a la economía y la tecnología; son dimensiones
que nos reenvían a una cierta
unicidad de la vida social. Y reservo entonces el término “mundialización”
para el dominio específico de la cultura. En este sentido, la mundialización
se realiza en dos niveles. Primero, es la expresión del proceso de
globalización de las sociedades, que se arraigan en un tipo determinado
de organización social. La modernidad es su base material. Segundo,
es una weltanschauung, una “concepción del mundo”,
un “universo simbólico”, que necesariamente debe convivir
con otras formas de comprensión (política o religiosa). Vivimos
en un espacio transglósico, en el cual diferentes lenguas y culturas
conviven (a menudo de manera conflictiva) e interactúan entre sí.
Una cultura mundializada configura, por lo tanto, un “patrón”
civilizatorio. En tanto mundialidad, engloba los lugares y las sociedades
que componen el planeta Tierra. Sin embargo, como su materialización
presupone la presencia de un tipo específico de organización
social, su manifestación es desigual. Una cultura mundializada atraviesa
las realidades de los diversos países de manera diferenciada. Existe,
por lo tanto, un diferencial de modernidad que confiere mayor o menor peso
a su concretización.
“Otro
territorio” Renato Ortíz. Pag.xxiv CAB Bogotá. 1998.
Si la antropología encuentra
hoy difícil ocuparse de la transnacionalización y la globalización,
es por el hábito de considerar a los miembros de una sociedad como
pertenecientes a una sola cultura homogénea y teniendo por lo tanto
una única identidad distintiva y coherente. Esa visión singular
y unificada, que consagraron tanto las etnografías clásicas
como muchos museos nacionales organizados por antropólogos, es poco
capaz de captar situaciones de interculturalidad.
Las teorías del “contacto
cultural” han estudiado casi siempre los contrastes entre los grupos
sólo por lo que los diferencia. El problema reside en que la mayor
parte de las situaciones de interculturalidad se configura hoy no sólo
por las diferencias entre culturas desarrolladas separadamente sino
por las maneras desiguales en que los grupos se apropian de elementos
de varias sociedades, los combinan y transforman. Cuando la circulación
cada vez más libre y frecuente de personas, capitales y mensajes nos
relaciona cotidianamente con muchas culturas, nuestra identidad no puede definirse
ya por la pertenencia exclusiva a una comunidad nacional. El objeto de estudio
no debe ser entonces sólo la diferencia, sino también la hibridación.
En esta perspectiva, las naciones se
convierten en escenarios multideterminados, donde diversos sistemas culturales
se interceptan e interpenetran. Sólo una ciencia social para la que
se vuelvan visibles la heterogeneidad, la coexistencia de varios códigos
simbólicos en un mismo grupo y hasta en un solo sujeto, así
como los préstamos y transacciones interculturales, será capaz
de decir algo significativo sobre los procesos identitarios en esta época
de globalización. Hoy la identidad, aún en amplios sectores
populares, es políglota, multiétnica, migrante, hecha con elementos
cruzados de varias culturas.
Se nos plantea, entonces, un doble
desafío: entender simultáneamente las formaciones posnacionales
y la remodelación de las culturas nacionales que subsisten. Gran parte
de la producción artística actual sigue haciéndose como
expresión de tradiciones iconográficas nacionales y circula
sólo dentro del propio país. En este sentido, las artes plásticas,
la literatura, la radio y el cine permanecen como fuentes del imaginario nacionalista,
escenarios de consagración y comunicación de los signos de identidad
regionales. Pero un sector cada vez más extenso de la creación,
la difusión y la recepción del arte se realiza ahora de un modo
desterritorializado.
Nestor García Canclini. Consumidores
y ciudadanos Pags. 109-111. Edt. Grijalbo, México 1995.
… si ya no se escribe ni se lee
como antes es porque tampoco se puede ver ni representar como antes. Y ello
no es reducible al hecho tecnológico -tan ilustradamente satanizado-
pues “es toda la axiología de los lugares y las funciones de
las prácticas culturales de memoria, de saber, de imaginario y creación
la que hoy conoce una seria reestructuración”, produciendo una
visualidad electrónica que ha entrado a formar parte constitutiva de
la visibilidad cultural “que es a la vez entorno tecnológico
y nuevo imaginario capaz de hablar culturalmente, y no sólo de manipular
tecnológicamente, de abrir nuevos espacios y tiempos para una nueva
era de lo sensible”.
/…/
… es la televisión el
medio que más radicalmente va a desordenar la idea y los límites
del campo de la cultura, sus tajantes separaciones entre realidad y ficción,
entre vanguardia y kistch, entre espacio de ocio y de trabajo. “Ha cambiado
nuestra relación con los productos masivos y los del arte elevado.
Las diferencias se han reducido o anulado, y con las diferencias se han deformado
las relaciones temporales y las líneas de filiación. Cuando
se registran estos cambios de horizonte nadie dice que las cosas vayan mejor,
o peor: simplemente han cambiado, y también los juicios de valor deberán
atenerse a parámetros distintos. Debemos comenzar por el principio
a interrogarnos sobre lo que ocurre”. Y lo que ocurre es que más
que buscar su nicho en la idea ilustrada de cultura, la experiencia audiovisual
la replantea desde los modos mismos de relación con la realidad, esto
es desde las transformaciones que introduce en nuestra percepción del
espacio y del tiempo. Del espacio, profundizando el desanclaje que la modernidad
produce sobre las relaciones de la actividad social con las particularidades
de los contextos de presencia, desterritorializando las formas de percibir
lo próximo y lo lejano hasta tornar más cercano lo vivido “a
distancia” que lo que cruza nuestro espacio físico cotidianamente.
Telépolis es al mismo tiempo una metáfora y la experiencia cotidiana
del habitante de la ciudad/mundo “cuyas delimitaciones ya no están
basadas en la distinción entre interior, frontera y exterior, ni por
lo tanto en las parcelas del territorio”. Paradójicamente esa
nueva espacialidad no emerge del recorrido viajero que me saca de mi pequeño
mundo sino de su revés, de una experiencia doméstica convertida
por la alianza televisión/computador en ese territorio virtual al que,
como expresivamente dice Virilio “todo llega sin que haya que partir”.
Lo
que entra más fuertemente en crisis en ese movimiento es el espacio
de lo nacional, tanto por la globalización económica y tecnológica
que redefine la capacidad de decisión política de los estados
nacionales como por la revalorización político-cultural que,
contradictoria y complementariamente, atraviesan lo regional y lo local. Pues
desanclada del espacio nacional la cultura pierde su lazo orgánico
con el territorio, y con la lengua, que es el tejido propio del trabajo del
intelectual.
/…/
La percepción del tiempo en
que se inserta/instaura el sensorium audiovisual está
marcada por las experiencias de la simultaneidad, de la instantánea
y del flujo. La perturbación del sentimiento histórico se hace
aun más evidente en una contemporaneidad que confunde los tiempos y
los aplasta sobre la simultaneidad de lo actual, sobre el “culto al
presente” que alimentan en su conjunto los medios de comunicación.
Pues una tarea clave de los medios es fabricar presente: “un presente
concebido bajo la forma de ‘golpes’ sucesivos sin relación
histórica entre ellos. Un presente autista, que cree poder bastarse
a si mismo”. La contemporaneidad que producen los medios remite, por
un lado, al debilitamiento del pasado, a su reencuentro descontextualizado,
deshistorizado, reducido a cita, que permite insertar en los discursos de
hoy, arquitectónicos, plásticos o literarios, elementos y rasgos
de estilos y formas del pasado en un pastiche que es sólo “imitación
de una mueca, discurso que habla una lengua muerta (...) la rapiña
aleatoria de todos los estilos del pasado en la progresiva primacía
de lo neo, en la colonización del presente por las modas de la nostalgia”.
Y del otro, la cotemporaneidad remite a la ausencia de futuro que, de vuelta
de las utopías, nos instala en un presente continuo, en “una
secuencia de acontecimientos que no alcanza a cristalizar en duración,
y sin la cual ninguna experiencia logra crearse, más allá de
la retórica del momento, un horizonte de futuro. Hay proyecciones pero
no proyectos.
El
futuro se restringe a un “más allá”: el mesianismo
es la otra cara del ensimismamiento. Los medios audiovisuales (cine a lo Hollywood,
la televisión, el vídeo) son a la vez el discurso por antonomasia
del bricolaje de los tiempos- que nos familiariza sin esfuerzo, arrancándolo
a las complejidades y ambigüedades de su época, con cualquier
acontecimiento del pasado- y el discurso que mejor expresa la compresión
del presente, al transformar el tiempo extensivo de la historia en el intensivo
de la instantánea. Cuyo valor y ritmo lo pone el flujo: ese continuum
de imágenes que indiferencia los géneros y constituye la forma
de la pantalla encendida. Aunque nos suele escandaloso predecesor de lo que
llamamos flujo se halla en la literatura de vanguardia -Joyce y Proust- al
dar por primera vez rienda suelta al monólogo interior, ese flujo que
articula fragmentos de memoria con flashes del presente, pedazos de discursos
tomados del periódico o inventados, todo ello dando cuerpo a la fugacidad
del tiempo. En el otro extremo del campo cultural, la radio vino a ritmar
la jornada doméstica de los sectores populares dando forma por primera
vez, con su flujo sonoro, al continuum de la rutina cotidiana.
Jesús
Martín Barbero. Arte/comunicación/tecnicidad, 1997, mimeo.
La problemática de la cultura
democrática se resume generalmente al problema de la democratización
cultural: es decir, al problema de cómo ampliar los niveles de acceso
de la población masiva a los bienes culturales que forman parte del
patrimonio artístico de la cultura nacional. En tanto “modelo
de política cultural”, la democratización cultural “tiene
como objetivo repartir el capital y la acumulación cultural que existe
en la sociedad. Se trata de una propuesta extensiva que busca facilitar el
acceso de las mayorías a los bienes culturales, bienes que abarcan
de preferencia las expresiones artísticas legitimadas por la tradición.
Se trata también de lograr una mejor distribución geográfica
y social de la infraestructura a través de la cual circulan esos bienes
(cines, bibliotecas, librerías. etc.)” .
Pero falla el sentido más proyectivo de esta
democracia cultural si las políticas que buscan una redistribución
más igualitaria del consumo social, no se preocupan a la vez de estimular
mecanismos de participación creativa en el trabajo de elaboración
y definición de los registros de arte y de cultura socialmente activos
que conforman el material simbólico en base al cual una sociedad se
piensa a si misma. La democracia no debe sólo ser “pluralidad
cultural”, sino también “polisemia interpretativa”
en cuanto a su disposición para abrir las significaciones en curso
a una diversidad de puntos de vistas que module comprensiones variadas y variables
de la realidad social y de sus simbolizaciones culturales. Este ejercicio
que consiste en multiplicar lecturas y en confrontar interpretaciones es sólo
posible si se activan zonas de debate crítico que reflexionen y polemicen
en torno a la organización de los discursos de la cultura y a la fabricación
de sus mensajes artísticos según códigos que deben ser
permanentemente reevaluados desde el punto dé vista de lo que incluyen
o excluyen.
/.../
La escena pública no piensa
la cultura ni como proyecto intelectual ni como debate de ideas.
Le niega la capacidad de tener la misma densidad de significados que la
que supuestamente, contienen las tribunas políticas, encargadas por
la prensa y la televisión de ser las únicas en exhibir reales
pugnas de argumentaciones...
Nelly Richard, “La insubordinación
de los signos”, Edt. Cuarto Propio. Chile 1994. Pags. 92-94
Podemos
concluir que una política democratizadora es no sólo la que
socializa los bienes “legítimos”, sino la que problematiza
lo que debe entenderse por cultura y cuáles son los derechos de lo
heterogéneo. Por eso, lo primero que hay que cuestionar es el valor
de aquello que la cultura hegemónica excluyó o subestimó
para constituirse. Hay que preguntarse si las culturas predominantes —la
occidental o la nacional, la estatal o la privada— son capaces únicamente
de reproducirse, o también puede crear las condiciones para que sus
formas marginales, heterodoxas, de arte y cultura se manifiesten y se comuniquen.
En
esta línea, el estudio del consumo, que proponemos como referente para
evaluar las políticas culturales, no puede quedarse en conocer los
efectos de las acciones hegemónicas. Debe problematizar los principios
que organizan esa hegemonía, que consagran la legitimidad de un tipo
de bienes simbólicos y un modo de apropiarlos. Una política
es democrática tanto por construir espacios para el reconocimiento
y el desarrollo colectivos como por suscitar las condiciones reflexivas, criticas,
sensibles para que sea pensado lo que obstaculiza ese reconocimiento. Quizá
el tema central de las políticas culturales sea hoy cómo construir
sociedades con proyectos democráticos compartidos por todos sin que
igualen a todos, donde la disgregación se eleve a diversidad y las
desigualdades (entre clases, etnias o grupos) se reduzcan a diferencias.
Nestor García
Canclini. Culturas Híbridas. Madrid: Paidós, 2001.
Pags. 148.
Selección
de textos Julián Ruesga Bono
Fotografías:
Federico Guzmán |
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