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La Pinta Guadalupe Sordo "Los viajes de ayahuasca son... como un laboratorio... o una paleta, como la del pintor, de sensaciones e ideas; ideas medio formuladas a las que puedes seguir volviendo y reorganizar de diferentes maneras. (...) La experiencia del yajé es siempre algo a lo que puedes volver (mientras seas capaz de recordarla) para repensar todas estas preguntas básicas, porque te ha dislocado y porque han ocurrido tales mezclas de sensaciones. En parte es como si se te hubiera abierto otro órgano sensorial, además de tener ojos, oídos, gusto, piel, genitales, ahora también tienes el órgano del yajé, y estalla a través de la conciencia, y del exquisito ser intelectual del propio yo también". [Michael Taussig entrevistado por Peter Lamborn Wilson, Ayahuasca and Shamanism. New Paltz, NY: Exit 18: 2002] La pinta de Federico Guzmán (2007) es una animación elaborada a partir de elementos geométricos coloreados. La animación da movimiento a un conjunto de dibujos en forma de triángulos, cuadrados, rombos y círculos, rayados, punteados, cuadriculados, que se funden unos con otros mientras atraviesan todo el espectro de colores. Federico ha trabajado a partir de diseños de arte prehispánico del Valle Medio del Río Cauca, Colombia, entre 1000 – 1300 D.C., recogidos en el estudio del arqueólogo Carlos Armando Rodríguez Ruiz y dibujados por Yolanda Jaramillo Restrepo. El estudio se centra en las decoraciones en volantes de huso pertenecientes a la Cultura del Quimbaya Tardío. El audio de la animación es música improvisada en una sesión de yagé o ayahuasca, la planta sagrada del Amazonas utilizada como remedio desde tiempos inmemoriales. Federico aborda el trabajo audiovisual de La pinta no con la intención de un cronista que intenta retratar la complejidad de la experiencia visionaria sino asiendo piezas o fragmentos de esta experiencia para elaborar a partir de ellos. Como explica Jimmy Weiskopf, el yagé es “una bebida sicotrópica, hecha de un bejuco selvático del mismo nombre y plantas complementarias. Ha sido utilizado tradicionalmente por distintas comunidades indígenas de la cuenca amazónica como una sustancia tanto curativa como mágica empleada en ceremonias chamánicas. Mediante las visiones que produce, les permite a sus curanderos localizar y exorcizar las causas ocultas de las enfermedades, las cuales se les atribuyen a intervenciones desde el mundo de los espíritus. También lo utilizan para la búsqueda de animales de caza, vengarse de sus propios enemigos o de los de la comunidad, encontrar objetos perdidos, atraer la lluvia, predecir el futuro, etc. Estas visiones, conocidas como “la pinta”, toman la forma de imágenes mentales de múltiples colores que oscilan desde vívidos retratos de plantas, animales y seres míticos hasta escenas de nuestra propia vida” (Weiskopf: 2002). Federico relata el contenido de visiones como éstas en notas tomadas después de ceremonias de ayahuasca. “Estamos unas quince personas, sentados en colchonetas formando un gran círculo. La estancia tiembla a la luz de una vela. En la boca tengo el sabor amargo de la medicina. Noto en el silencio la presencia tranquila de este grupo de personas, todos con nuestro pasado turbulento embarcados en el mismo viaje esta noche. Estoy relajado e intento no pensar en nada. Un continuo ir y venir de inútiles pensamientos intentan rellenar el vacío de la oscuridad. Voy dejando que pasen como nubes. Un temblor lejano de electricidad en el aire es la intuición de presencias desconocidas, como un presagio de espíritus. Ahora es un zumbido suave pero claramente audible y al mover los ojos veo saltar chispas. Poco a poco se va congregando un enjambre de luciérnagas que vuelan haciendo chiribitas. Es lo que se ve cuando te rascas los ojos cerrados pero mucho más brillante y definido. Me acuesto mirando al techo y ahora sí empieza a caer sobre mí una lluvia de partículas luminosas. Es una señal llena de múltiples significaciones, mágica y hermosa. La oscuridad se ha vuelto una matriz que contiene todos los colores. Formas geométricas y de moiré se entrelazan en una película de ritmos cambiantes proyectada tras mis párpados cerrados. Las luciérnagas forman figuras líquidas que bailan convirtiéndose en dragones que se retuercen transformándose en remolinos, medusas y flores eléctricas de belleza inexplicable. Yo nunca había experimentado esto, pero hay un extraño sentimiento de familiaridad, como si hubiera conocido este mundo en otra vida, antes de ser “yo”. El antropólogo y arqueólogo austriaco colombiano Gerardo Reichel-Dolmatoff estudió las relaciones entre la imaginería alucinatoria de los indios tukano y los fosfenos. Su estudio utiliza como evidencia central dibujos de las visiones del yagé realizados y analizados por los mismos tomadores tukanos. Reichel-Dolmatoff distingue entre “dos fases alucinatorias aproximadamente secuenciales”. En la primera los informantes veían “sensaciones luminosas que asumen formas geométricas con una simetría bilateral, incluyendo círculos, diamantes, patrones reticulados, líneas ondulantes o en zigzag, hilos de puntos, cuadros concéntricos y muchas otras formas”, surgiendo “independientemente de cualquier fuente externa de luz”. “Aunque los distintos fosfenos corresponden a patrones visuales específicos que pueden ser identificados objetivamente, mientras las sensaciones de la segunda fase son más vagas y subjetivas, Reichel-Dolmatoff argumenta que en ambos casos es la cultura la que determina sus significados para el tomador indígena, dando a cada imagen una cierta interpretación, la cual es reforzada mediante la sugerencia del chamán” (Weiskopf: 2002). Según investigaciones recientes parece que estos fosfenos de la primera fase están “instalados” en el sistema nervioso humano. Se ha hallado que existe una relación espacial entre la retina y el córtex visual: “los puntos que se encuentran en estrecha proximidad en la retina disparan neuronas situadas de forma comparable en el córtex. Cuando se invierte este proceso, como tras la ingestión de sustancias sicotrópicas, el patrón del córtex se percibe como una percepción visual. En otras palabras, las personas que se encuentran en esta condición están viendo la estructura de sus propios cerebros” (Lewis-Williams: 2002). Federico continúa su relato en una segunda fase donde el efecto purgante del remedio, que provoca vómitos y diarrea, da paso a otro conjunto de visiones: “El silencio de la habitación se ha convertido ahora en un rumor desordenado. Oigo como algunos se mueven a tientas, tropezando con los que están acostados. Los gruñidos de las arcadas se convierten en rugidos de los dragones que veía antes y el sonido reverbera en las tripas contagiándome la nausea. Mi vómito son ectoplasmas de luz negra que bullen y se retuercen allí abajo, húmedos y fétidos al fondo de la bolsa de basura para luego desaparecer en una grieta del universo. He echado hasta la primera papilla. Y la sensación de alivio es enorme. Así cura la medicina, machacando el cuerpo y limpiando el alma. Germán ha iniciado un canto poderoso. Es de una fuerza y belleza como nunca había escuchado. Son impulsos hacia arriba, alas de un gran pájaro que arrastra con su viento hacia las alturas. Estoy volando como en un sueño, pero estoy despierto. Ahora estoy en lo alto pero de mis pies han crecido enormes raíces que agarran todo el mundo. Me siento profundamente arraigado a un planeta que al mismo tiempo flota viajando por el universo. La corriente se vuelve turbulenta y he entrado en unos nubarrones donde están aflorando miedos y contradicciones que antes no había sido capaz de ver; me estoy viendo desde fuera, como si me hubiera desdoblado o multiplicado, y estoy viendo como soy sin rollos ni mentiras y al mismo tiempo sin enjuiciarme ni enredarme en auto justificaciones. Soy capaz de sentir y entender mis contradicciones más allá de la razón habitual”. El yagé realmente funciona cuando le da la vuelta a todo. Michael Taussig compara las noches de yagé con el teatro de la crueldad de Artaud, con su “lenguaje poético de los sentidos, un lenguaje que rompe las convenciones del lenguaje y la función significante de los signos a través de su mezcla de peligro y humor”. Como ese teatro dirigido a “una perspectiva infinita de conflictos”, las noches de yagé desafían la explicación del ritual, la autoridad académica y las convenciones en la construcción de sentido. Taussig usa la idea de montaje en Walter Benjamin y el efecto de distanciamiento de Beltolt Brecht como herramientas mucho más adecuadas que las de los antropólogos que han analizado el ritual como algo al servicio de la estructura y de la solidificación de la sociedad: “Montaje: oscilando dentro y fuera de uno mismo; sintiendo las sensaciones tan intensamente que te conviertes en la cosa sentida. Pero de pronto estás afuera de la experiencia y analizándola fríamente tal como Bertolt Brecht quería con los “efectos de alienación” en su teatro épico. Sólo aquí, en el teatro de las noches de yagé en el piedemonte del Putumayo, el efecto A, salirse de la experiencia desfamiliarizada y analizar esa experiencia, es constante e inconstante, parpadeante, alternando con la absorción en los eventos y su magia. Quizás esa es la fórmula para el efecto A más profundo posible, estar dentro y estar fuera en rápida oscilación”. En una descripción etnomédica del yagé Ricardo Díaz Mayorga señala que el efecto terapéutico del yagé tiene un carácter integral, trabajando tanto nuestra dimensión física como la mental y la espiritual. “Es la confrontación con nuestra realidad más profunda, la que toca dentro de nuestro ser con la dimensión del Misterio, o de “lo innombrable”, y que adquiere las formas de representación de las creencias en que hemos sido formados o que hemos adquirido a lo largo de nuestra historia personal. Es allí donde se pueden revelar todo tipo de fábulas o ilusiones, o también las visiones en las que se manifiesta nuestra metáfora personal de la divinidad y donde construimos nuestro altar íntimo de sentidos, significaciones y símbolos, útiles para orientar y dar sentido a nuestra vida. En esta dimensión podemos entender el efecto purgativo como la reconexión con un “orden” que percibimos de la realidad y de las cosas. Dicho orden, o armonía, es inefable” -inexpresable en palabras- y se manifiesta cumplidas todas las etapas purgativas anteriores”. Los neurobiólogos han hecho recientes estudios en los que califican estos sentimientos inefables y de unidad estética con el universo como estados alterados de conciencia con una base fisiológica. David Lewis-Williams refiere cómo “los componentes explicativos y emocionales de la religión llevaron a estos investigadores a centrarse en dos procesos neurobiológicos(…) Partes del cerebro y sus interconexiones automáticamente generan ideas de dioses, poderes y espíritus; estas entidades “sobrenaturales” están implicadas en intentos de controlar el entorno. Este componente “pragmático” de la religión está estrechamente vinculado con el segundo componente: los estados emocionales y los estados alterados de conciencia que, para quienes participan de ellos, verifican la existencia de entidades espirituales que hacen que sucedan las cosas. La sensación del Ser Unitario Absoluto –la trascendencia, el éxtasis- la genera el “desbordamiento” entre circuitos neuronales del cerebro, el cual, a su vez, está producido por factores que hemos estudiado (…) –conducción rítmica visual, auditiva o táctil, meditación, estimulación olfativa, ayuno, etc-. Por consiguiente, los elementos esenciales de la religión están instalados en el cerebro. Los contextos culturales pueden aumentar o disminuir su efecto, pero siempre están ahí (…) (Lewis-Williams: 2002) Y sin embargo estas explicaciones fisiológicas no empequeñecen la maravilla de una experiencia que te habla directamente al corazón, ni las lecciones de esa maestra magnánima pero severa que es la planta. Lo que está en nuestra cabezas está en nuestras cabezas y no más allá de ellas. Y esto no desvirtúa el valor de una terapia integral que amplía la conciencia y ayuda a resolver conflictos internos que significan graves obstáculos en nuestro avance como personas. El entusiasmo por el yagé no justifica ningún atavismo místico. Pero “todos sabemos como nos lo narró magistralmente Borges, en su chamanizar literario, a propósito del Secreto aprendido por el etnógrafo Murdock en las praderas de Texas”: “El secreto, por lo demás, no vale lo que (…) “Lo que me enseñaron sus hombres “Los primeros rayos de sol iluminan el campo y sus colores parecen más vivos que nunca en el aire transparente del amanecer. Un naranjo mece dulcemente sus hojas en completa indiferencia por mi presencia. En la mañana posterior a la toma no hay resaca ni malestar alguno sino una gran lucidez y ternura y una visión optimista del futuro. Voy a buscar un bar para desayunar y mientras camino sobre la hierba mojada me siento profundamente arraigado en esta tierra… sin olvidar que floto con ella viajando por el universo”. Bibliografía: Peter Lamborn Wilson, Ayahuasca and Shamanism. New Paltz, NY: Exit 18: 2002 Carlos Armando Rodríguez Ruiz y Yolanda Jaramillo Restrepo, Lo cotidiano y lo simbólico en el arte geométrico prehispánico en el Valle Medio del río Cauca. INCIVA, Cali: 1993. Jimmy Weiskopf, Yagé, El nuevo purgatorio. Villegas Editores, Bogotá: 2002. David Lewis-Williams, La mente en la caverna. Akal, Madrid: 2005. Michael Taussig, Shamanism, Colonialism And The Wild Man. The University of Chicago Press. Chicago: 1986. Ricardo Díaz Mayorga, El yagé – Breve descripción etnomédica. Revista Visión Chamánica, Bogotá. Blanca de Corredor y William Torres C. Chamanismo: un arte del saber. Anaconda Editores. Bogotá: 1989. |