[Oficial]: Aquí tengo fotografías (saca un grueso álbum fotográfico de cubiertas en negro, lo coloca sobre la mesa). Ahora las veremos... Mira, aquí podéis ver la ciudad de Mostar (primer plano de las páginas del álbum; podemos ver fotograf ías en color de una ciudad semiderruida, en una de ellas un vehículo de la Cruz Roja avanza entre edificios arruinados). ¿Eh? fíjate, cómo está la ciudad de Mostar. (Los dos niños y las dos niñas se aproximan a la mesa, al álbum. Hacen comentarios a un tiempo, se escucha un murmullo de diversas voces).
[Niña 1, apuntando a una foto]: ¿éstos sois vosotros?.
[Oficial]: Sí, a ver si encontramos una donde esté yo.
[Niño 1]: ¿Te la has hecho tú mismo?.
[Oficial]: ¡No, hombre!... (hojea con rapidez buscando algo) A ver si encontramos... Mira, aquí estoy yo (señala una fotografía que la cámara no muestra). (La niña 2 mira a la fotografía y repentinamente señala una boina de color azul que ha estado colocada sobre la mesa): ¡Ah, llevabas esta gorra! ¿Me la puedo poner?.
[Oficial]: ¡Sí, hombre!.
[Niña 2]: ¿Se pone así?. [Primer plano de la niña mientras el oficial le cala correctamente la boina; ahora es claramente visible, sobre el fondo azul, el escudo de las Naciones Unidas. La niña hace un gesto repentino:
el saludo militar, llevándose la mano derecha a la sien.
[Oficial]: ¡Muy bien!. (La niña 2 gira la mano y con la palma hacia arriba gesticula un nuevo saludo): ¿Y quiénes hacen así?.
[Oficial]: Los franceses, pero nosotros hacemos así (indicándole de nuevo el gesto anterior).
[Niño 2, indicando a Niña 2 la posición correcta de la mano en el saludo militar]: ¡a la medalla!. (La niña 2 se quita la gorra y se la devuelve): ¿Te la pones tú?.
[El oficial hace un gesto afirmativo mientras continúa indicando y comentando fotografías del álbum]: Mira, aquí estoy yo...mira, un tanque croata...
[Niño 1]: ¿Disparan fuerte, no?.
[Oficial]: ¡Huy, muy fuerte, demasiado fuerte! (es ahora cuando responde al requerimiento de la niña y se cala la boina) ¿Queda bien?.
[Niños y niñas al unísono]: ¡Sí!.
[El oficial continúa comentando fotografías]: Esta es la ciudad de Mostar...
[Niño 1]: Eso era antes de la guerra...
[Oficial]: Sí antes... bueno, no, ¡es ahora!.
[Niña 1]: ¿Ahora? pués no está muy destruida...
[Niña 2]: ¡Mira, una chica! [Oficial, irónico]: Sí, también hay chicas...
[Niña 2]: ¡Hombre, claro, ya lo sé!.
[Niño 2]: ¿Tú tienes novia allá en la guerra?.
[Oficial]: No, no he tenido novia.
[Niño 2]: ¿Nunca has tenido novia?.
[Oficial]: ¡Bueno, digo bosnia! Aquí sí, alguna sí. [Niño 1]: ¿Tienes hijos?
[Oficial]: ¡No, si no estoy casado! Podría tenerlos, pero no estoy casado y no tengo hijos.
[Niña 2]: ¿Qué piensas de la gente que no quiere hacer la mili?.
[Oficial, dudando]: Hombre, yo... cada uno es... tiene sus propias opiniones... yo no estoy de acuerdo pero respeto todas las opiniones... ¿no?.
[Niña 1]: ¿Qué quiere decir “insumiso”?
[Oficial]: ¿Insumiso?... que no quieren prestar ninguna... cosa... al Estado, al... [Niña 2]: Pero todo el mundo debería ayudar un poco para la guerra...
[Oficial]: Yo creo que sí, pero...
[Niña 2]: Mi madre era de Mujeres para Sarajevo... bueno, era una campaña... y hacían una tómbola, cogían dinero y lo enviaban, y a veces la ropa que ya no necesito, que ya no me pongo, y la enviamos... bueno, la dejamos en un sitio... y a veces la cogen los pobres, porque a veces el sitio está cerrado...

El término “travel” (viajar), en inglés antiguo, tiene el mismo significado que la palabra “travail” (trabajo), que viene a significar tanto problema como trabajo o tormento, y proviene asimismo del latín “tripalium”, un instrumento de tortura de tres puntas. Por lo tanto, el viajar está etimol ógicamente unido a la agresión.
El turismo y la guerra se nos aparecen como dos términos opuestos de actividad cultural: uno es el paradigma del acuerdo internacional, el otro del desacuerdo. Las dos prácticas, sin embargo, interseccionan en ocasiones: la guerra del turismo, el turismo en tanto que guerra, el turismo durante la guerra, la guerra como una forma de turismo no son más que algunos emparejamientos interesantes. El ejemplo más evidente de la simbiosis entre el turismo y la guerra es la economía nacional de Israel. No solamente porque su Producto Nacional Bruto se nutre ampliamente de una industria del turismo que debe sobrevivir en un estado permanente de guerra, sino además porque la defensa nacional de Israel depende directamente de las ganancias que origina el turismo. En resumen: la guerra alimentada por el turismo dentro de una guerra. Durante la guerra en el Golfo Pérsico, algunos lugares donde se encontraban civiles se convirtieron, de forma inadvertida, en objetivos militares de la respuesta iraquí al ataque del ejército de los E.U.A.; esto supuso una perturbación en el equilibrio turismo/guerra. Después de esta guerra, Israel pasó a los E.U.A .una factura de 200 millones de dólares en concepto de reparación por los daños directos de guerra sufridos a consecuencia de los ataques de los Scud iraquíes, y sumó a esto 400 millones de dólares como compensación por la pérdida de ingresos de turismo.Al mismo tiempo, las ruinas de Kuwait comenzaron a atraer la atención del turismo de forma casi simult ánea.

El turismo y la guerra, según parece, se interrelacionan continuamente en las noticias, pero su asociación no es un fenómeno reciente. El turismo contempor áneo procede de los viajes heroicos del pasado, las raíces de los cuales se encuentran sin duda entremezcladas con las de los conflictos territoriales más antiguos: después de todo, la movilidad ha sido siempre una estrategia clave en la guerra. Los soldados se encontraban entre los primeros viajeros que atravesaron y debilitaron las fronteras territoriales: no sólo por la fuerza, sino a través de la diseminación de la lengua y la vestimenta. Hoy en día, viajar no es más una misión de guerra: se ha convertido en un margen de beneficios, incluso en un incentivo. Desde la Primera Guerra Mundial, el aliciente del viaje es el principal ingrediente seductor del lenguaje del reclutamiento militar. Los anuncios para las fuerzas armadas prometen que el Servicio Militar es un modo de “ver mundo”, una oportunidad que de otra forma sólo es accesible a la clase acomodada y con tiempo libre. [NdT: En el presente, “ver mundo” es uno de los alicientes aducidos por el Estado con el fin de atraer jóvenes para colaborar voluntariamente en las “misiones de paz”.]
Mientras este soldado buscador de cultura muestra características propias del turista, el turista deviene progresivamente a su vez más militante: pertrechado para las vicisitudes del viaje contemporáneo, con equipos de viaje high-tech, itinerarios sin pérdida posible, dietas y manuales de entrenamiento para defenderse. No es infrecuente encontrar guías de viaje que ofrecen a los turistas un planning de seguridad diaria, particularmente en zonas del mundo políticamente inestables: “En espacios públicos, tales como restaurantes, siéntese donde no pueda ser visto desde el exterior e intente situarse lo más lejos posible de columnas, paredes u otras estructuras, y lejos de la entrada.Trate de pasar desapercibido, fuera de la línea de fuego y protegido de estallidos de bombas. Las mismas precauciones deben ser tomadas en hoteles, clubes, e incluso cuando esté sentado en la cubierta de un barco anclado en el puerto” (Peter Savage:
El Libro del Viaje Seguro, Lexington Books, 1993). El consejo es, en suma, pasar desapercibido. El camuflaje puede ser un instrumento táctico tanto para el turista como para el soldado. Pero se trata de algo extremadamente difícil, sin embargo, porque tanto el turista como el soldado son cuerpos “marcados”, incapaces de desaparecer entre la multitud. Son cuerpos extraños, como las diversas ten-siones que crean los invasores biológicos en un organismo resistente: y han de enfrentarse a todo, desde la sospecha xenófoba al franco desprecio. Incluso el cuerpo del soldado aliado recibe una bienvenida dudosa. Estas figuras excluidas -el turista y el soldado- asumen un rol representacional similar en suelo extranjero: ambos son símbolos vivos de otro nacionalismo. Cada uno de ellos es visto como un cuerpo activo, juzgado según la medida del estereotipo nacional.
Gran parte del rechazo a los turistas en los países anfitriones nace del miedo al consumo cultural: la violencia callada de la dominación.A pesar de ello, los socioeconomistas definen el turismo como “la industria mundial de la paz”. Según la antropóloga Valene Smith, “el turismo contempor áneo es el único movimiento de masas pacífico a través de las fronteras culturales en la historia de la humanidad”. Sin embargo, el hecho de que el turismo se defina como no-guerra en esta lógica negativa confirma por el contrario que el turismo internacional no puede ser pensado si no es a través de la guerra. La guerra es también un destino turístico. Una de las atracciones turísticas más populares es, en efecto, el campo de batalla en el cual la guerra ha sido luchada. Los lugares solemnes de la guerra parecen incongruentes con el presumible deseo turístico de dejarse llevar por placeres y divertimentos despreocupados. Pero estos lugares son una llamada a otro deseo turístico: el deseo por lo extremo, que está unido a la fascinación por el heroísmo. El campo de batalla es un lugar altamente dramático, ideológicamente codificado y sacralizado por la sangre vertida. Los campos de batalla son fuertes atracciones turísticas en tanto que alimentan directamente el deseo del turista por el “aura”, una cualidad profundamente ausente en nuestro mundo mediatizado; un aura que, según se cree, puede ser encontrada en los espacios del pasado cultural. Un lugar donde un soldado murió por una causa será visitado sin duda por otras personas. Hay muy pocos campos de batalla que queden sin indicar, sin monumento o sin ser evaluados en las guías turísticas.Así como la guerra asegura el turismo, también necesita la continua conmemoración turística, y la conmemoraci ón necesita ser fijada en un espacio.
Una señal en un campo de hierba reza:
“Custer cayó aquí”. La noción de “aquí” es una cuestión compleja, dado que el aquí no es muy diferente del allí. Pero basta que un lugar vacío sea designado por un indicador indicador para que devenga aurático para el turista. Cuando las narrativas nacionales se escriben directamente en un suelo material, a esa superficie se le imprime una imagen de validez. El significado de esta superficie tiene la connotación de algo absoluto, contrariamente a la superficie siempre negociable de una hoja de papel. Y sin embargo, el suelo por sí mismo es mudo sin el papel que le da un nombre, que lo explica, que lo valida para el turista: el sistema elaborado de textos y artefactos que ayudan a autentificar “lo auténtico”. Cuando la historia se re-produce por los mecanismos del turismo, en forma de conmemoración, entonces el turismo en sí mismo se convierte en agente político de un nacionalismo que en ocasiones puede, en efecto, prolongar la guerra.