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La posibilidad
de improvisar en algunas de las partes de una composición musical surge
ya, en la música considerada clásica contemporánea, hacia
la segunda mitad del siglo XX, como alternativa creativa -en algunas de las
piezas de compositores de la época- a la obra musical cerrada, totalmente
escrita. Esta iniciativa aporta, en aquella parte de la obra que el compositor
indique, nuevas inquietudes que derivarán en nuevos términos
acuñados por los distintos padrinos: música aleatoria (Pierre
Boulez), música casual (John Cage), open form (Earle Brown), etc..
Estos experimentos musicales, asociados en ocasiones al conjunto artístico
y social de la época han llevado a una mezcolanza cada vez mayor y
más rica en la que, a partir de entonces, parámetros como tímbrica,
dinámica, duración; y términos como libertad musical,
energía, espontaneidad, frescura, intuición se valoran, aún
más, frente a otros convencionalismos académicos: estructura
musical, melodía, fraseos, armonía, ...hasta prescindir de la
partitura ¿por qué no? La mayoría de las músicas
antiguas son, como la improvisación, de tradición oral. El periodo
de la música barroca (siglos XVII-XVIII) se caracterizó fundamentalmente
por la improvisación. Compositores como J. S. Bach; o posteriores,
como Paganini, eran verdaderos improvisadores. Son las reglas teóricas
de interpretación las que poco a poco, ya en aquella época,
van reduciendo las posibilidades de improvisar en los intérpretes.
Finalmente, la partitura acabará imponiéndose en una sociedad
donde se valora cada vez más aquello que “queda escrito”.
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