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La cultura como experiencia Las fotos que ilustran este texto corresponden a la fiesta de clausura de Manifesta 5, que se celebró en Donostia/San Sebastián, hace muy pocos días, coincidiendo con el Festival de Cine. El “evento cultural” - eufemismo que la organización utilizó para nombrar el acontecimiento festivo - se celebró en el centenario edificio de Tabacalera, que hace unos meses ha pasado a ser propiedad de las instituciones públicas vascas, y que pronto verá convertidos sus 35.000 m2 en otro centro dedicado al arte y la cultura contemporánea. La Bienal Europea, que por fortuna es nómada e itinerante, vino, se fue y casi nadie ha sabido como ha sido. Terminó como empezó, entre “cocktails”, “fiestas” para “vips” y mucho reparto de acreditaciones para profesionales del arte. Durante los cuatro meses que ha durado la actividad pública poco más ha ocurrido:
En una de las fotos de ese acto de clausura se ve al fondo la proyección de uno de los mejores trabajos que se pudo ver en Manifesta: Route 181, un documental sobre el conflicto palestino, realizado por Eyal Sivan y Michel Khleifi. La película la presentamos en Arteleku con ocasión de la celebración del seminario Representaciones Árabes Contemporáneas. Discursos críticos y pensamiento político (1), coordinado por Gema Martín Muñoz. Pues bien, la organización del “evento cultural” no tuvo ningún reparo en descontextualizar su proyección y emitirla en la fiesta, produciendo un efecto de extrañamiento y estetización tal que el trabajo quedó convertido en simple decoración.
Parece que las instituciones están cada vez más fascinadas y seducidas por modelos de producción cultural basados sobre todo en el espectáculo. El ejemplo más cercano: el Fórum de las Culturas de Barcelona. De alguna manera, con la misma lógica que el mercado, proponen al ciudadano que actúe en sus usos y costumbres como mero consumidor. De este modo y como consecuencia, el sujeto deja de interactuar con su entorno urbano para convertirse en mero espectador pasivo de su propia realidad, hasta el punto de que las mismas ciudades se están convirtiendo en parques temáticos, donde sus habitantes son turistas de experiencias ajenas. De hecho los argumentos sociales (mestizaje, multiculturalismo, democracia social, diálogo, etc.) se convierten en simples eslóganes publicitarios descontextualizados y se reducen a mero marketing para la consecución de réditos políticos. Algunos análisis lúcidos que he leído recientemente apuntan en sus conclusiones una creciente tendencia hacia la individualización de todo tipo de experiencia, que a su vez se traduciría en una actitud privatizada frente a lo político, es decir la pérdida del sentido público de participación ciudadana. Dicho de otro modo, la retirada de los ciudadanos del ámbito público al privado. Como dice muy bien Cass Sustein en República.com una de las consecuencias sería la pérdida de aquel referente común que permite el necesario encuentro ciudadano en una comunidad plural y diversa de libre interacción comunicativa. Alguna de las formas que adquiere esa creciente individualización de la experiencia son la crisis de la crítica; la disminución de la participación ciudadana en los foros de discusión; la profesionalización de la política o el auge de la política entendida como empresa y no como servicio; la privatización del espacio público; el absentismo social y electoral. Además, es evidente que este fracaso del “proyecto social de la política” afecta particularmente a los menos dotados en todo tipo de recursos. Precisamente, a propósito de esta creciente exclusión social de amplios sectores de la sociedad, Luc Boltanski y Eve Chiaplelle en El nuevo espíritu del capitalismo dicen que “para construir una ciudad por proyectos y conexionista se precisaría del encuentro de diversos actores con lógicas de acción diferentes. Es precisa, en primer lugar, la existencia de una crítica tenaz e inventiva. Los nuevos movimientos sociales podrían constituir su embrión para que ejerzan una presión constante sobre los representantes políticos y sobre los ‘expertos’ (funcionarios de alto nivel, juristas, economistas, sociólogos, etc.) actores igualmente indispensables que, sin compartir su radicalismo, han sido responsables de la planificación de dispositivos de lucha contra la exclusión, cuyo resultado fue un nuevo impulso de actividad en el ámbito del reformismo social. La condición de cualquier acción reformista depende tanto de la participación de funcionarios de alto nivel, de políticos y de una parte de gestores empresariales lo suficientemente autónomos con respecto a los intereses capitalistas y a la tutela de los accionistas para darse cuenta de los riesgos de un ilimitado incremento de las desigualdades y de la precariedad o sencillamente para abrirse al sentido común de la justicia. Todos estos distintos actores son susceptibles de desempeñar un papel impulsor en la experimentación de nuevos dispositivos, de apoyar reformas en el marco parlamentario y de poner su pragmatismo y su conocimiento de los engranajes del capitalismo al servicio del bien común”. Parafraseando a Chantal Mouffe, la democracia se construye articulando identidades diferenciadas, adversarios, discrepancias y conflictos. Se trata de reconocer las tensiones y posibilitar que se manifiesten en un sistema pluralista capaz de vertebrarse en un diálogo democrático. En nuestro caso, como gestores culturales de recursos públicos, se trata de hacer visibles las contradicciones a través del arte y la cultura. Porque, en definitiva, lo que nos interesa es que se creen tensiones en la sociedad y no falsos consensos, tensiones entre individuos capaces de dialogar y estructurar esos antagonismos en torno a acuerdos y leyes que fortalezcan el entramado democrático. Desde nuestro punto de vista, esa es la democracia que nos hará avanzar en el desarrollo social. De alguna manera, la recuperación de la democracia participativa pasa por activar también los mecanismos que permitan la modificación del sistema cultural y que incidan en la transformación de las políticas culturales actuales.
Frente a la banalización y espectacularización de la cultura,se trata de pensar el arte y la creación contemporáneas como experiencia y no solo como representación; la acción como medio para la construcción del espacio común, para la recuperación del espacio público. En definitiva, se trata de desarrollar la producción de intersubjetividad frente a la privatización de la experiencia subjetiva y la consecuente desaparición del ámbito público de actuación. Algunas instituciones y plataformas de mediación, tratamos de instaurar espacios de interacción y de experiencias compartidas con iniciativas civiles organizadas en torno a microestructuras conectadas entre sí, produciendos un efecto de sinergias sociales y económicas encadenadas de tal modo que el conjunto del sistema queda interconectado. Se trata de la organización material de las prácticas sociales en tiempo compartido que funcionan a través de los flujos regulados en una red de nodos junto a un conjunto heterogéneo de iniciativas, cuya lógica interna debe desempeñar un papel estratégico para dar forma a las prácticas sociales y culturales. Hace unos días he leído un borrador de entrevista que Jesús Carrillo ha realizado a Catherine David para publicar en los documentos del proyecto Desacuerdos2. Coincidiendo plenamente con mis criterios, entre párrafos, dice así “en los 90 se produce el agravamiento de una cultura espectacular, mediática, berlusconiana, si quieres, que supone el abandono de cualquier tipo de política cultural que tenga que ver con la producción y transmisión de la complejidad social, y con la toma de conciencia crítica de los fallos y faltas de dicha sociedad. Se produce una dimisión generalizada de todo tipo de compromiso cultural, un compromiso que es siempre un compromiso político. Mi trabajo en los noventa culmina con Documenta X. Sólo con que se recordara como un espacio de reflexión, como un espacio de debate, como un espacio denso, ya estaría satisfecha. Nada que ver con las múltiples bienales ridículas que surgen como champiñones movidas por fines totalmente espúreos. Tras los 90 lo que queda bien claro es que si, de un lado, hay todo un sector del mundo del arte que se alinea con esa espectacularidad, homogeneidad y evanescencia de la cultura dominante, existen a parte otras prácticas, que a mi parecer tienen más futuro y que son las que tienen que ver con procesos de larga duración y con espacios muy heterogéneos. Espacios de investigación, espacios de debate y espacios de pensamiento. La cuestión es cómo asegurar la existencia de estas prácticas en términos de producción, en términos de información, de presentación y de encuentros con públicos variados, públicos socialmente variados y con capacidades muy diversas”. Quizás sea oportuno incluir aquí un extracto de una conversación que mantuve con Nuria Enguita, responsable de proyectos de la Fundació Antoni Tàpies y una de las comisarias de Manifesta 4, para el catálogo de esa edición: “N.E.: Es nuestra intención hacer visibles los procesos de trabajo, los debates que generan y las variaciones a las que se someten los proyectos. Y volvemos a lo que me comentabas de la necesidad de darnos tiempo, así como de definir nuevos lugares para la cultura visual, temas que nos preocupan a ambos. La experiencia del proceso no se visualiza adecuadamente en el museo ni en los grandes eventos internacionales, está en las redes de personas y lugares donde se producen y en una sedimentación discursiva que se va procesando poco a poco, y que puede incidir en un contexto social mediante el diálogo con sus agentes activos. En nuestra conversación posterior a este intercambio de correos electrónicos hemos hablado de la dificultad del arte para hacerse visible si no es a través de las estructuras tradicionales de representación como el museo, la galería, las Bienales o las grandes ferias ¿Cómo conseguir esa visibilidad fuera de los lugares hegemónicos? ¿Cómo plantear nuevos formatos y luchar contra los intereses de la industria cultural, entendida como fenómeno de masas, espectáculo y turismo? Trabajar para cambiar eso creo que debería ser el cometido de cualquier proyecto cultural. Manifesta tiene un potencial que permite definir nuevos formatos de trabajo, se mueve, cada dos años tiene lugar en una ciudad diferente de un país diferente. Hay que trabajar más sobre la diferencia, estudiando en cada caso la potencialidad global de lo local, e incidir, si fuera necesario, en los tejidos culturales de la ciudad, trabajar más con y para la ciudad”. La potencialidad global de lo local, junto a la movilidad e itinerancia del evento fueron, no lo niego, los argumentos centrales que me animaron, como responsable de Arteleku, a aceptar la propuesta de Manifesta 5 para Donosti. De hecho en aquella misma entrevista e inmediatamente después del párrafo anterior contestaba así a Nuria: “Desde mi punto de vista Manifesta 5 debe recuperar la iniciativa que le caracterizó en sus orígenes y tiene que plantearse como una oportunidad para modificar modelos organizativos anacrónicos; puede estructurarse como un mapa de relaciones reales, capaz de procesar de otra manera la información y el conocimiento. Porque si realmente adaptáramos otros modelos de funcionamiento, basados en la comunicación, en la autoría compartida, en la interdependencia intelectual, el sistema se vería afectado e incidiría en todos los procesos de creación y representación, así como en el intercambio y distribución de los recursos culturales. Por lo tanto se modificarían las características de la organización, el modo de operar la información, así como nuestro trabajo y nuestra manera de relacionarnos con los artistas y los productores culturales. Manifesta es una oportunidad excepcional para el desarrollo de contenidos que, teniendo en cuenta la realidad, puede ser una de las tareas más importantes del futuro inmediato, dado que el significado cultural del sistema puede ser modificado en función de la relación fuerzas que se establezcan. Si se deja toda la iniciativa en manos exclusivamente mercantilistas, la unificación del paisaje cultural será absoluta y la posibilidad de diversidad quedará reducida a una mínima expresión. El modelo de cultura empresarial que se a aplicado al control de los medios puede tener importantes consecuencias. Parece necesario por tanto, configurar espacios donde la cultura y el arte puedan proponer discursos diferenciados que posibiliten la multiplicación de formas de pensamiento libre y autónomas. De otro modo, la siguiente fase del proyecto de degradación democrática será la mercantilización de la política y su instrumentalización por las empresas”. De aquellas buenas intenciones nada de nada. Todo se ha llevado a cabo como la poderosa maquinaria de Manifesta tenía previsto: de la manera más convencional posible, sin cambios, sin sustos, eliminando del camino los obstáculos y las personas innecesarias, sustituyendo la crítica por el consenso, la sociedad por la publicidad, los actores por los espectadores y procediendo lo antes posible para que se pasara página de la manera más eficaz. Ahora, la Bienal nómada, abandona Donostia y se va a Nicosia. Recoge sus bártulos y se dirige con todo su “circo” a enseñar a los “pobres chipriotas” qué es el arte contemporáneo internacional. Algo parecido he oído decir a algunos de los responsables de la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Sevilla: Juana de Aizpuru: “La sociedad sevillana espera poder ver aquí lo que otros ya admiran desde hace años en otras ciudades. Quieren una bienal rompedora y vanguardista [...] ayudará a colocar al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo en el mapa internacional del arte”.(2) Harald Szeemann: “Yo no estoy interesado en el mercado, pero sé que es inevitable que lo que hago tenga repercusión en él. [...] Yo no visito las galerías sino a los artistas, y naturalmente puede haber unas galerías que tengan más artistas que otras. De todas formas, en la Bienal de Sevilla prefiero seleccionar a jóvenes extranjeros. Aún no tengo claro a los españoles y le he dicho a Juana de Aizpuru (galerista y directora de la Bienal) que sólo le cogería a dos o tres de sus artistas porque no quiero que pueda decirse que estoy al servicio de una galería en España. Será una exposición internacional”.(3) Me río, por no llorar. Notas: (1) Representaciones árabes contemporáneas es un proyecto
dirigido por Catherine David y organizado por Witte de With,
Rotterdam y la Fundació Antoni Tàpies de Barcelona, en
colaboración con la Universidad Internacional de Andalucía
(UNIA arteypensamiento) y Arteleku (Diputación Foral de
Gipuzkoa) Fotos: Conny Beyreuther. Fiesta de clausura de Manifiesta 5.
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